Sólo quedaban en Peñíscola, del papa Luna, un báculo de cristal de roca con piedras preciosas y otros objetos de menos valor, guardados en la sacristía de la iglesia parroquial.
Rosaura se asomó con inquietud á las bocas de dos mazmorras, en cuyo fondo eran depositados los presos colgantes de una cuerda. Debían ser obra de los templarios, constructores de la fortaleza, utilizándose después con arreglo á las bárbaras costumbres judiciales de aquellos tiempos.
Respiró con deleite al salir á los paseos almenados, viendo la extensión ilimitada del Mediterráneo. Borja señaló las dos líneas de la costa que se perdían en el infinito á ambos lados del castillo. La de su derecha, baja, verde, toda de viñas, algarrobos, olivos y naranjales, iba hacia Castellón y Valencia. A su izquierda, los caseríos blancos de dos ciudades, Benicarló y Vinaroz, las tierras bajas de la desembocadura del Ebro, y en último término las montañas de Tarragona.
Luego contemplaron ante ellos el mar intensamente azul, con ondulaciones suaves y largas, y en esta llanura de incesante movimiento ciertos redondeles de color más claro, con orla de espumas, cual si surgiese por ellos algo burbujeante que repelía el agua salada.
Explicó Borja que eran fuentes de agua dulce nacidas en pleno mar, iguales á las otras que manaban dentro del peñón. Los primeros navegantes cretenses, fenicios ó cartagineses se transmitían como un secreto precioso la existencia de estos manantiales marítimos en distintos puntos del Mediterráneo. Podían llenar sus ánforas y odres sin verse obligados á un desembarco peligroso. La necesidad de agua dulce los impulsaba muchas veces á realizar expediciones tierra adentro, expuestos á recibir el flechazo de un arco emboscado ó la pedrada mortal del hondero de Iberia.
La turba de chicuelos había desaparecido. Se oían sus gritos cada vez más lejos en las calles del pueblo. El alguacil los había expulsado de la fortaleza. Ahora una cabra blanca y rojiza iba detrás de los dos en su paseo por las murallas.
Borja la había visto todos los días. Un vecino del castillo la dejaba dentro de éste para que se alimentase con sus hierbas. Admiró Rosaura sus movimientos gimnásticos para alcanzar el pasto de las ruinas. Con sus cuatro patas juntas se inclinaba sobre el vacío, rumiando las flores amarillentas de una mata surgida más allá de las almenas. Allí se mantenía en equilibrio, teniendo debajo los muros inferiores de la fortaleza, la montaña vertical sobre el mar, los peñascos salientes del promontorio, batidos por las rítmicas ondulaciones azules.
Claudio quiso mostrarle una torrecilla de un solo piso, con el escudo de Luna sobre su puerta ojival. Era la parte del castillo más saliente sobre el mar, y según Borja, se aislaba en ella el tenaz Pontífice durante sus horas de meditación. Aquí tal vez le colocaban, luego de su comida meridiana, aquellas cajas de dulces descritas en el proceso de su envenenamiento.
Paseó Rosaura por esta pequeña habitación de piedra, con estrechas y rasgadas ventanas, desde las cuales podía atalayarse el mar libre. Claudio describía al nonagenario, enjuto como una momia, mirando el horizonte fijamente, cual si alcanzase á ver la ribera opuesta, la costa de Italia, donde siempre había tenido un adversario que combatir.
No pensaba en la muerte, ni aun después de su envenenamiento. La vida le parecía falta de sentido al desarrollarse sin acción. Todavía, tres años antes de fallecer, proyectaba á solas expediciones marítimas, la organización de una flota igual ó mayor que la que le había llevado á las costas de Génova, un desembarco en Civita-Vecchia, seguido de una marcha sobre Roma, donde aún le quedaban amigos y eran muchos los descontentos.