—No ponga esa cara... Baje y salude á los amigos... ¡No es para tanto!
Y continuó sus risas, satisfecha del asombro con que la acogía Borja. Cuando estuvo junto á ella, le fué dando explicaciones sobre su viaje. Venía á cumplir su palabra. Le prometió en Marsella ver Peñíscola con él, y allí estaba. Era una entrevista de unas horas nada más. Inmediatamente reanudaría su viaje, volviéndose á París. Un pequeño rodeo en su camino.
Todavía no repuesto de la primera sorpresa, la escuchó Borja como si no comprendiese sus palabras. Todo lo que iba diciendo la hermosa criolla seguía manteniéndole en un mundo absurdo. ¡Venir de tan lejos para permanecer aquí unas horas nada más!... ¡Volverse de Peñíscola á París, y llamar á esto un pequeño rodeo en su viaje!... Tuvo miedo de estar soñando, de que se desvaneciese la inesperada visita, volviendo á verse caído en su anterior soledad.
No; ella estaba á su lado, la respiraba, la veía pálida y un poco marchita por el cansancio del viaje, pero más suya, más íntima que la última vez que se habían hablado en el hotel de Marsella.
Rosaura no le dejó tiempo para sumirse en sus pensamientos.
—Enséñeme todo esto. Hágame los honores del último palacio de nuestro don Pedro. No permanezca ahí erguido y mudo como un poste.
Obedeciendo á esta voz dulce y autoritaria, la guió por todo el castillo, disculpando su ruinoso abandono, como si fuese culpa suya. Cincuenta años antes aún había servido de base de operaciones á las tropas del gobierno, cuando perseguían á los carlistas en el Maestrazgo. No valía nada como fortaleza ante los cañones modernos, pero resultaba inexpugnable para las bandas del pretendiente don Carlos, faltas de artillería.
Entraron en el salón más grande, con techo abovedado, ventanales góticos y muros de piedra. Indudablemente fué aquí donde Luna recibió con aparato pontifical á los dos enviados de Constanza. Las paredes de sillares estarían cubiertas con ricas tapicerías traídas de Aviñón. Pero después del papa Luna habían pasado por esta sala las numerosas guarniciones sucedidas durante cinco siglos. Todavía quedaban en los muros soportes de tablas, sobre las cuales colocaban sus efectos los últimos soldados treinta años antes. Al fin la fortaleza había sido desguarnecida, para suprimir el absurdo espectáculo de unos centinelas que paseaban por sus baluartes bostezando de aburrimiento, convencidos de la inutilidad de sus funciones.
Junto á la puerta de este salón de audiencia se mantenía un rótulo escrito con tinta: «Segunda compañía, primer batallón». Títulos iguales los fueron encontrando en las puertas de otras dependencias. Un edificio ruinoso había sido la basílica papal. Otro conservaba aún dobles ojivas en sus muros sin techo, amenazados de derrumbamiento. En él estuvieron las habitaciones del Pontífice y de su exigua corte.
Quedaba poco que ver en su interior. Habían sido muy numerosas las muchedumbres militares que lo emplearon como albergue, enjalbegando con cal las paredes, rascándolas para nuevos blanqueamientos, hasta arrancar los últimos vestigios de sus antiguas pinturas.