—No tenga miedo, señora. En Peñíscola no se pierde nadie.

Al separarse de él hizo esfuerzos Rosaura para ocultar su risa. Verdaderamente, nadie podía perderse en una media docena de calles y callejuelas encerradas entre murallas y ascendiendo todas hacia la cúspide del peñón.

El alcalde no osó acompañarla; le parecía un atrevimiento. Con estas grandes señoras no sabe nunca un hombre sencillo lo que está bien y lo que está mal. Pero algunos metros más allá vió aparecer ante ella á un campesino llevando sobre el pañuelo que envolvía su frente una gorra con galón dorado y en su diestra un bastón del que colgaban dos borlas negras. Era el alguacil. Obedeciendo las indicaciones de su jefe, empezó á dar gritos y á mover el bastón para asustar al infantil enjambre. «¿No veían que estaban molestando á la señora?... ¡Qué iban á decir en el extranjero de la educación del vecindario de Peñíscola!» Y Rosaura tuvo que interceder para que no alejase con sus amenazas á esta escolta silenciosa, cuyo único delito consistía en marchar pegada á ella, tocando los más atrevidos los botones y el paño de su gabán.

En la entrada del castillo tuvo que pedir al rústico emisario de la autoridad el apoyo de su mano callosa. El suelo de la poterna y de la antigua plaza de armas estaba tan pulido por el roce, tan lavado por las lluvias, que parecía de cristal mate y azulado. Era preciso buscar las grietas donde se mantenía la tierra y crecían pequeñas hierbas, para que los pies no resbalasen. El alguacil, con el deseo sin duda de infundirla ánimo, le habló de algunos visitantes que se habían roto brazos ó piernas á consecuencia de sus caídas en este mismo lugar.

Dejaron atrás un vasto espacio rodeado de murallas, al que daban las puertas de antiguas dependencias de la fortaleza. Estas construcciones servían ahora de pajares ó estaban abandonadas. El castillo había sufrido tres largos bombardeos en los dos últimos siglos, y sólo se mantenía completo lo que fué construído en bóveda, las obras bajas y achatadas, que en el antiguo lenguaje militar se llamaban «á prueba de bomba».

Ascendieron por una escalera de piedra azul, igualmente resbaladiza. El alguacil marchaba delante, hablándola con palabras que ella necesitaba adivinar. Detrás la insistente chiquillería empezó á esparcirse por la fortaleza, aprovechándose de esta visita extraordinaria, pues en días normales su llave estaba guardada en el Ayuntamiento. Comprendió Rosaura que aquel hombre le hablaba del «señor madrileño» como si lo conociese mucho. De pronto empezó á gritar, presintiendo su proximidad:

—Don Claudio, una visita... ¡Una visita!

Escuchaba Borja, desde poco antes, un rumor creciente que parecía inexplicable en el silencio de la fortaleza abandonada. Como los sonidos más insignificantes adquirían exagerado valor en esta calma profunda, creyó que algo comparable á una muchedumbre amotinada se había deslizado á través de la poterna, extendiéndose, escaleras arriba, por los baluartes y el interior de las torres. Al ruido de los vencejos que aleteaban en torno á las murallas se unieron los gritos de los muchachos llamándose entre ellos y una voz masculina gritando á todo pulmón su nombre. ¿Qué visita podía buscarle en Peñíscola? Asomándose entre dos almenas, vió al alguacil y vió...

No podía ser: ¡imposible! Poco antes había mirado su reloj: las nueve y media de la mañana. La hora no era de apariciones. Además, juzgaba imposible la existencia de fantasmas á la luz de un sol radiante, en aquella cumbre circundada de mar, bajo un cielo de intenso añil, sin una nube... Y sin embargo, la tenía allí, cerca de él. Resultaba absurdo, pero le pareció igualmente temerario dudar de lo que estaba viendo.

Ella rió de su estupefacción, con carcajadas que hicieron circular graciosas ondulaciones á lo largo de su cuello, como si una perla subiese y bajase al otro lado de la blanca epidermis.