Algunas viejas, más audaces por privilegio de su edad, se acercaron á ella, titubeando antes de contestar á sus preguntas en castellano, haciéndoselas repetir por conocer escasamente dicho idioma y porque las desorientaba el acento argentino de Rosaura. No podían adivinar quién era este don Claudio Borja por el que preguntaba la señorona. Una de las más jóvenes descubrió el misterio.
—Es el «madrileño»—dijo á las otras; y añadió, dirigiéndose á Rosaura:—Suba, siñora; suba siempre delante de osté, y en el castillo lo encontrará.
Sus amigas parecieron felicitarla con largas risotadas por la facilidad con que hablaba el castellano y su exacto conocimiento del único forastero existente en la población.
Siguió adelante Rosaura, precedida de un grupo de chiquillos, mientras las mujeres volvían á trabajar en el lavadero ó se agrupaban en torno al automóvil, admirando su tamaño, comparándolo con otros que habían visto, haciendo preguntas al chófer para enterarse de quién era su dueña.
Se dió cuenta la criolla de que algo invisible corría por las calles empinadas de la población, avisando á todos el suceso extraordinario de su presencia. Asomaban á ventanas y puertas cabezas de mujeres mal peinadas á esta hora matinal, pues era en la tarde, después de finalizados los trabajos domésticos, cuando procedían al arreglo de su persona. Los chicuelos persistían en marchar junto á ella, con la cara levantada para verla mejor. De las casas iban surgiendo otros y otros, que se unían á la comitiva infantil. No hablaban, no pedían nada, la seguían con los ojos fijos en su rostro, presintiendo un misterio, asombrados de su falta de semejanza con las mujeres que veían todos los días, aspirando deleitosamente el perfume de su cuerpo.
Pasó junto á una charca azul rodeada en parte de muros. Era «el Bufador». Ahora sus aguas dormían tranquilas, libres del soplido tempestuoso del peñón que las eleva en forma de surtidor por encima de las casas cercanas. El pavimento de las calles era de losas resbaladizas. A trechos se formaban en él grandes manchas negras é inmóviles, pero éstas adquirían vida al acercarse sus pasos, elevándose con zumbante revoloteo. Las moscas, señoras del pueblo, al ser repelidas de la calle, se introducían en cuadras y habitaciones.
Continuó subiendo, confiada en el instinto de los que marchaban á la cabeza de su escolta infantil. Al ver á un hombre de rostro curtido por el sol y el agua del mar, barba corta y dura, ancho de espaldas y paso balanceante—un tipo de patrón de barca retirado—, le preguntó si iba en buena dirección para llegar al castillo.
Era el alcalde, que descendía hacia la única puerta del pueblo, avisado sin duda de esta llegada extraordinaria. Hizo un esfuerzo para agrupar en su mente todo el castellano que sabía como personaje oficial, y contestó:
—Va usted muy bien. Además, vaya por donde vaya, llegará siempre al castillo.
Luego añadió con ingenuo orgullo, como si proclamase una ventaja de su población sobre todas las grandes capitales del mundo, de las que había oído contar maravillas: