Los naranjos estaban en flor. Bosques de algarrobos, oliendo á miel calentada, compartían con las viñas el terreno aún no invadido por los naranjales. Pasaron por una ciudad de casas blancas y azules, con bellas iglesias. Tenía un aspecto de vida fácil, de cosechas ricas y abundante dinero. Varios buques de vela estaban anclados en su puerto. Era Vinaroz. Poco después atravesaron otra población de aspecto semejante. Aquí, según la carta que Rosaura iba consultando, había que abandonar la carretera. Estaban en Benicarló y les faltaba poco para llegar al término de su viaje.
Vieron á lo lejos, unido á la costa, como un buque encallado, blanco y enorme, el promontorio de Peñíscola, ceñido de baterías, coronado de torres y murallas. El caserío, oprimido por los círculos de piedra, iba escalonándose hasta la cúspide.
La última parte del camino, que parecía insignificante por su brevedad, fué la más penosa. El poderoso vehículo tuvo que marchar lentamente, jadeando al mismo tiempo por sus esfuerzos, para no quedar inmovilizado en un terreno blando que se hundía bajo las ruedas. Más que camino era un barranco, que aún guardaba charcas verdosas de la lluvia caída muchos días antes. Sobre sus costados en talud se extendían filas de naranjos, asomaban palmeras, y las cercas estaban cubiertas de flores.
Habían hermoseado los hombres la tierra, batiéndose con el agua muerta de las marismas hasta transformarlas en campos, pero nadie se preocupaba del camino. Además, iba éste hacia una población donde no existen carros y la mayor parte de su tráfico se hace por mar ó á lomo de caballerías.
Avanzó el automóvil, titubeante, con tremendos balanceos, igual que una máquina de guerra marchando sobre escombros. Al salir á la costa, frente al promontorio de Peñíscola, se lanzó á todo correr por la playa y el istmo arenoso. Aunque el suelo era blando, se deslizaba sin vaivenes, silenciosamente, lo mismo que si tuviese bajo sus ruedas una alfombra gruesa. A ambos lados de la lengua arenisca estaban puestas á secar grandes redes, marcándose sobre el suelo amarillento la trama de sus hilos color de vino.
Las tripulaciones de dos barcas negras descargaban lo que habían pescado durante la noche. Sus hombres, con el pantalón subido hasta cerca de las caderas, iban trasladando á la orilla unos cestos brillantes bajo el sol, con reflejos de plomo recién fundido. Grupos de mujeres examinaban ávidamente su interior. Los que contenían langostinos, grandes, con una transparencia blanca y densa de cristal mate, eran colocados aparte, como materia preciosa.
Llegó el automóvil confiadamente hasta la puerta de la primera muralla. Numerosas mujeres, en torno á un lavadero, golpeaban ropas húmedas, volviendo á colocarlas bajo el chorro clarísimo de una fuente surgida de las rocas. Todas abandonaron su trabajo dando gritos, y á esta algazara se unieron las voces de numerosos muchachos. El carruaje debía detenerse allí. Era imposible su entrada en una población de calles pendientes y angostas que sólo permitían el paso de machos y asnos con sus cargas. Dos hombres siguiendo á sus caballerías, que llevaban herramientas agrícolas, salieron en el mismo instante de este pueblo de pescadores, para cultivar sus parcelas de campo en la costa de enfrente.
Aunque mujeres y chiquillos gritaban en un dialecto mezcla de valenciano y catalán, Rosaura y su chófer entendieron sus indicaciones. Un modesto parador, situado junto á la gran puerta coronada por el escudo ostentoso de Felipe II, tenía ante su cobertizo dos carros procedentes de alguna población inmediata, los cuales también habían hecho alto fuera de las murallas.
Rosaura, al echar pie á tierra, se vió rodeada de ojos curiosos que la contemplaban á cierta distancia, con la timidez hostil que inspiran los forasteros. A pesar de su palidez y sus ojeras de cansancio, aquellas pobres mujeres acogieron su presencia como si perteneciese á otra humanidad y se hubiera extraviado en su camino, llegando engañada hasta allí.
—¡Virgen soberana!—decían—. ¡Qué señora tan guapa!... Parece una reina.