—¿Peor que los que he encontrado hasta aquí?—dijo ella con cierto asombro.
Bajó la cabeza el dueño del hotel y abrió los brazos con mudo gesto que parecía reflejar la impotencia humana ante cosas de imposible remedio.
El edificio estaba adosado á un antiguo convento convertido en cuartel. Ocupó la mejor habitación, que olía aún á pintura fresca, y al abrir la ventana del cuarto de baño vió el muro de un jardín inmediato, con manchas leprosas de musgo. Sobre sus bordes festoneados de hierbas floridas se elevaban dos palmeras polvorientas. Las rejas del cuartel le enviaron de golpe un estrépito de muchedumbre invisible, joven y gritona. Los soldados debían estar en los patios, como colegiales á la hora del asueto. Se llamaban unos á otros con toda la fuerza de sus pulmones. Varios músicos hacían ejercicios en sus instrumentos aisladamente, sin oirse unos á otros, añadiendo su cacofonía enrevesada al humano griterío. Un olor punzante de salud excesiva é intensamente varonil obligó á Rosaura á cerrar la ventana.
Por la parte de la calle monopolizaba la puerta del cuartel toda la acera, cubriéndola con un toldo rayado y colocando en sus bordes cajones verdes de los que surgían rododendros y bojes. A todas horas unos sillones de junco estaban ocupados por oficiales, y el transeunte debía deslizarse entre ellos y el centinela que paseaba con el fusil al hombro.
Salió Rosaura del hotel cuando empezaba la noche, deseosa de ver un poco la ciudad, y su paso produjo una gran emoción en la juventud con uniforme sentada á la puerta del cuartel. Tenientes y capitanes se miraron asombrados. «¡Qué mujer!» Nunca habían visto nada semejante en aquella tranquila ciudad provincial. Sólo pudieron compararla á las protagonistas de ciertas novelas eróticas, que ellos habían admirado como un compendio de todas las elegancias y voluptuosidades imaginables. Era la gran señora extranjera, hermosa, rica, envuelta en perfumes, que había cruzado su imaginación mientras leían en el cuarto de banderas ó se recreaban con salaces fantasías tendidos en su lecho de la casa de huéspedes.
Rosaura vió al poco rato pobladas de militares jóvenes todas las calles que iba siguiendo. Unos marchaban paralelos á ella por la acera de enfrente; otros venían á su encuentro, y al pasar murmuraban en voz baja palabras de admiración. Faltaba poco para que los más audaces la saludasen, poniéndose á sus órdenes, al verla sola y forastera. Tal vez iban á ofrecerse para enseñarla las bellezas de la ciudad... «¡Ah, no!» Le parecían simpáticos, pero renunciaba á toda conversación con ellos; y se apresuró á regresar al hotel.
Mientras comía, vuelta de espalda á las ventanas, vió en un espejo de enfrente gorras con adornos dorados que se juntaban en la calle para verla, se alejaban y volvían á mostrarse poco después. Dos oficiales comían en la misma sala, y esto sirvió de pretexto para que otros viniesen á saludarles, formando un grupo que habló en voz alta, esforzándose por decir cosas graciosas que llamaran la atención de la extranjera y la hiciesen reir, desarrugando su ceño hostil.
Se acostó muy temprano, pensando en la jornada siguiente. Era la última noche de su viaje. Duraba ya tres días, y ella se había acostumbrado á madrugar. Cuando tambores y trompetas tocaron diana en el cuartel, ya estaba ella vestida, tomando un café apenas tibio. Al salir el sol, su automóvil rodaba lejos de Tarragona. Sonrió pensando en aquellos militares jóvenes, que la habrían recordado durante la noche, y horas después, al llegar á su cuartel, iban á enterarse de que el fantasma del crepúsculo se había desvanecido para siempre con la luz del nuevo día.
Más allá de Tortosa cambió el aspecto del paisaje. Ya no eran viñas y olivares, como en el campo de Tarragona, alrededor de arcos y tumbas romanas. Empezó á encontrar huertos de naranjos, algo espaciados, como las avanzadas de un ejército. Nunca los había visto en esta forma, empezando su ramaje casi á ras del suelo, copudos y de no gran altura, redondeándose como enormes esferas verdes sobre la tierra rojiza.
Entraba en el reino de Valencia, jardín del Mediterráneo que tantas veces le había descrito Claudio Borja. Su chófer, después de salvar las revueltas de la carretera en ambos declives de la cuenca del río Ebro, dejaba correr ahora el automóvil con la confianza que inspiran los caminos rectilíneos, de largas perspectivas.