Al pensar otra vez en su situación presente, resolvió volver cuanto antes á París. Deseaba que aquel pequeño mundo que tantas veces había comentado sus relaciones con Urdaneta se enterase de que ya no existía nada entre los dos. Había llegado el momento de preocuparse de sus hijos. Tendría en su casa notables profesores para su educación. Sólo la verían en automóvil con ellos dos y la parienta que les acompañaba siempre.
Se le ocurrió de pronto que antes de volver á París podía visitar los países de que le hablaba Borja en sus cartas; sorprender á éste en el promontorio del Mediterráneo donde había muerto aquel Pontífice terco, cuya historia le interesaba lo mismo que una novela.
Fué recordando los días pasados en Aviñón y Marsella como los mejores desde su salida de París. Luego reconoció que era absurdo ir en busca de aquel joven imaginativo que sólo le inspiraba un afecto amistoso, y por su parte parecía experimentar la misma atracción pasional que sentían otros hombres en su presencia. La falta de lógica en dicho viaje lo hacía más atractivo para ella. Sólo representaba unos centenares de kilómetros añadidos á su regreso á París, detalle insignificante para Rosaura, que había ido en automóvil varias veces de un lado á otro de Europa.
Podía perder unos cuantos días siguiendo la costa española del Mediterráneo. Luego volvería por el mismo camino hasta Aviñón, tomando allí la carretera de París. Además, ella no había visto nunca esta parte de España, donde crece el arroz y se puede marchar entre naranjos kilómetros y kilómetros. Le habían hablado de los malos caminos de la costa mediterránea y no tenía á su lado la doncella para que la sirviese en los hoteles mediocres. Podía llamarla, pero consideró inútil hacerla venir de París, cuando ella iba á regresar allá después del corto rodeo por España. ¡Adelante!
Rió al imaginarse la sorpresa que le daría al pobre caballero Tannhäuser. Las mismas dificultades de su viaje se convertían en atractivos. Le gustaba de tarde en tarde encontrar los obstáculos y rudezas de su niñez, cuando era pobre y pasaba temporadas en estancias á estilo antiguo, donde la vida era aún elemental. Creía útil «hacer experiencias», como decían algunas amigas suyas multimillonarias de los Estados Unidos, prontas á acoger con una sonrisa los trabajos y penurias que las sorprendían en sus viajes.
Fué directamente hasta Perpiñán sin pasar por Marsella. Muchos nombres de ciudades le hicieron acordarse de los relatos de Borja. Su don Pedro de Luna había vivido en ellas. Volvió á entrar, poco á poco, en el ambiente que la había rodeado mientras escuchaba al joven español.
Iba ahora á su encuentro, contando los días y las horas que la separaban de él, pareciéndole el camino demasiado largo. Luego reía de su impaciencia, encontrándola absurda. «Cualquiera diría que voy en busca de un amante. ¡Pobre Borja! ¡Qué orgullo para él, si se enterase!»
Le complacía imaginarse su sorpresa al verla llegar y al mismo tiempo agrandaba en su imaginación los obstáculos existentes entre los dos. «¡Es tan joven!... ¡Además, su noviazgo con Estelita, la hija del solemne Bustamante, futuro embajador!»
Preguntó por Borja en el Hotel Ritz de Barcelona, recordando el membrete de las diversas cartas que había recibido de dicha ciudad. Don Claudio, según le manifestó el gerente, estaba en Tarragona. No había perdido ella la pista. Iba á continuarla, como buena baquiana, siguiendo las huellas, lo mismo que los gauchos viejos que aún había visto de niña en la Pampa.
También le hablaron de Borja en el hotel de Tarragona. Tuvo que hacer alto, porque aún le quedaban más de cien kilómetros para llegar á Peñíscola y empezaba á atardecer. Además, el camino era muy duro.