De un momento á otro iba á hacer sonar el timbre eléctrico de la puerta de su jardín. Tal vez esperaba en Monte-Carlo ó Niza para hacerse el encontradizo, reanudando de este modo las antiguas relaciones, con cierto miramiento para su dignidad. Y volvía á correr tarde y noche los hoteles de Niza donde se danza, los salones de Monte-Carlo, siempre llenos de gente extraña, sin encontrar más que alguna que otra amiga retardada como ella en la fuga primaveral.

Deseó, con toda la vehemencia de su carácter, conocer la verdad, é inventó pretextos para justificar el envío de su doncella á París. La encargó como asunto de importancia varias compras que podía haber hecho por medio de una carta. A continuación le dió orden de averiguar discretamente si el general permanecía en París y qué vida llevaba, cosa fácil por conocer la doncella á la servidumbre de Urdaneta.

Algo calmada por esta precaución, esperó unos días más. Las cartas de Borja continuaban llegando, y ella las leía como si fuesen relatos de viajes lejanísimos por tierras que no vería nunca, inspirándole igual curiosidad que los cuentos leídos en su niñez.

Escribió la doncella con discreta concisión. Don Rafael seguía en París haciendo la vida de siempre. Almorzaba y comía fuera de su casa, volvía al amanecer, se divertía mucho. Su ayuda de cámara no había querido decirle ciertas cosas, considerando que ella estaba al servicio de la señora; pero sonreía marrulleramente: «¡Ah, los hombres!»

Rosaura quedó reflexionando, con un gesto ceñudo que anunciaba siempre sus decisiones enérgicas. Ni amor ni celos, ni pensar más en él. Todo había terminado.

Este despecho violento la hizo acordarse de sus dos hijos, con una maternidad delirante. Sintió inquieta su conciencia por creer que había pensado poco en ellos hasta entonces. Iba á ser madre en adelante: una madre joven y muy chic, dedicada en absoluto á sus hijos, manteniéndose en digna y elegante viudez. Luego, como si resolviese un negocio ruinoso, buscó salir rápidamente de su actual situación. Tal vez el otro reía en París al saberla enclaustrada en su casa de la Costa Azul. Debía continuar su existencia de siempre, para que el general-doctor, visto ahora desde lejos como un personaje ridículo, se diese cuenta de lo poco que representaba para ella.

Dió á su chófer la orden de partir en la mañana siguiente, quedando indecisa cuando éste le preguntó adónde iban. Su primer impulso fué dirigirse á Italia. Había recibido una carta el día antes de cierta amiga inglesa residente en Florencia. Era la mejor época para visitar dicha ciudad. Luego pensó en la corta distancia entre Florencia y Roma. Enciso daba fiestas en su palacio para celebrar su ingreso en la Academia de los Arcades. Don Arístides estaba en Roma con su familia. Se aterró al verse imaginariamente rodeada de todo este mundo, que le hablaría del general-doctor.

Una carta de Borja fechada en Tarragona llegó á sus manos en aquel momento. Iba ya camino de Peñíscola, final de su viaje. Otra vez murmuró, pensativa: «¡Pobre muchacho!»

Recordando al fatuo é infiel Urdaneta, le inspiraba nuevo interés el joven español por la fuerza del contraste. Borja habría sabido apreciarla mejor. Pero inmediatamente le pareció ilógica toda comparación entre los dos hombres. Veía á Claudio sin ninguna posibilidad de amores con ella. Era demasiado joven. Tal vez, considerando bien las cosas, sólo existía entre los dos una diferencia de cuatro ó cinco años; pero Rosaura, sin saber por qué, la apreciaba como un obstáculo infranqueable.

La simpatía protectora con que se acordaba de él tenía algo de maternal. Excusó sus atrevimientos amorosos, viéndolos como algo lejanísimo ya, sin importancia. Eran cosas de jovenzuelo inexperto. Además, recordaba con cierta gratitud la facilidad con que la había obedecido siempre al exigirle respeto, la confusión casi infantil que sucedía á sus audacias.