Olvidando su repentino entusiasmo por el jardín, pasó las tardes fuera de él. Su automóvil la llevó por la Costa Azul, buscando amigas y diversiones. En los hoteles de Niza donde se baila á la hora del té, sólo vió parejas de gente joven y desconocida. Casi todas sus amistades se habían ido á París, á Londres, á Nueva York. En los salones del Casino de Monte-Carlo encontró también una muchedumbre indiferente: viajeros que se detenían una tarde nada más, continuando luego su marcha; jugadores ensimismados en sus combinaciones; aventureras ávidas de un buen encuentro. Sus amigas tampoco estaban aquí.

Para entretenerse, empezó á jugar, perdiendo con desesperante repetición. Esto exacerbó aún más su nerviosidad. Podía perder grandes cantidades sin riesgo para su fortuna; pero en el momento presente la pérdida le parecía una falta de respeto, una grosería de la suerte. Además, nadie gusta de perder, y ella estaba acostumbrada á la adulación, al éxito en todas las acciones de su vida.

Volvió otra vez á pasar las tardes en su jardín, encontrándolo ahora de una belleza monótona. Estaba sola y todo cuanto la rodeaba parecía recordarle con dolorosa inoportunidad que la vida es unión, mutuo apoyo, atrayentes afinidades. Palomas de nítida blancura, con una cola redonda de pavo real, insistían en sus arrullos, y al pasar ella junto á su jaula, grande como una casa, las veía picoteándose dulcemente. ¡Animales estúpidos! Las copas de los árboles temblaban con el aleteo invisible y los agudos cantos de enjambres de pájaros, atraídos por la frondosidad de este oasis. En los tazones de las fuentes se perseguían los peces con la agresiva insistencia del ardor sexual. Pasaba en insomnio largas horas de la noche, oyendo á través de una ventana entreabierta los trinos de varios ruiseñores escondidos en un olivar cercano. ¡Y el hombre de París sin escribir!...

Su vanidad femenil la afligía con un dolor insistente á causa de este silencio. Su orgullo maltratado hasta evocó el recuerdo de algunas mujeres matadoras de hombres, cuyos retratos había visto en los periódicos. Ahora estaba segura de no haber amado nunca á Urdaneta. Lo encontraba grotesco, lo mismo que á su pequeño país. ¿Cómo una mujer de su clase había podido creerse enamorada del tal general-doctor, bruto heroico sediento de goces, muy peligroso además por su afición al dinero, que arrojaba después á puñados, como ella había leído que hacían los piratas en sus orgías?...

La apreciación de los sacrificios que llevaba hechos por mantenerse fiel á Urdaneta aumentaba su cólera. Por él había arrostrado la pérdida de una parte de su prestigio de viuda rica, acostumbrada á vivir en la más alta sociedad. Podía haberse casado con un príncipe falto de dinero, con un personaje político, ostentando títulos sonoros, viviendo en una Embajada ante una corte famosa, tal vez gobernando indirectamente un país por medio de su esposo. Todo lo había despreciado á causa de Urdaneta, añadiendo á su sacrificio el propio descrédito.

En París conocían sus relaciones, y tampoco eran un secreto allá en su tierra. Y este hombre, por la monotonía de la costumbre, había terminado mirándola como si fuese su esposa legítima, aburriéndose un poco de su felicidad, dejándose llevar por los caprichos de la variación, siéndole infiel con actrices, con profesionales célebres ó extranjeras de paso. Las mujeres sentían el atractivo de su masculinidad soberbia y dominadora. Les interesaba su barba rizosa, su aspecto de guerrero á la antigua: un guerrero de ciudad asaltada, con todos los horrores del saqueo y la violación.

Rosaura era también de carácter fuerte, y tal vez por ello se habían mantenido las relaciones entre los dos, á través de disputas furiosas, rompimientos y reconciliaciones. Siempre lo había visto volver avergonzado y suplicante. Era una satisfacción para su orgullo contemplar á este hombre, temible en su país, pidiéndola perdón con aspecto de niño arrepentido. Pero esta vez no venía hacia ella con la misma prontitud.

Su última disputa en París, al descubrir Rosaura una nueva infidelidad de Urdaneta, había sido la más ruidosa. Él juró no buscarla más. Estaba harto de sus celos; eran cinco años de esclavitud. Ella se había alegrado de buena fe ante su promesa de no volver. Luego transcurrieron los días sin alterarse el silencio que siguió á la ruptura.

Acabó Rosaura por sentir extrañeza ante la tenacidad con que el general-doctor cumplía su amenaza, y para vencerlo juzgó oportuno alejarse, segura de que vendría, como otras veces, á implorar su perdón. Salió de París convencida de que en la Costa Azul iba á encontrar un telegrama, una carta de aquel hombre, unido de tal modo á su destino, que le era difícil vivir sin él. Al mismo tiempo procuraba no analizar sus verdaderos sentimientos, temerosa de verse en presencia de una predilección sexual y nada más.

Pasó el tiempo sin que la viuda supiese nada de Urdaneta. Tal silencio acabó por preocuparla á todas horas. Dos apreciaciones enteramente diversas compartían su pensamiento. Sentíase celosa al pensar que aquel hombre vivía en París como siempre, yendo á los tés donde abundan las señoras, á los teatros, á los restoranes nocturnos, mientras ella permanecía recluída en la Costa Azul. Indudablemente estaba continuando su historia amorosa con aquella mujer que había sido la causa de su rompimiento. Otras veces, con un optimismo vanidoso, se imaginaba que Urdaneta la había seguido y se mantenía oculto cerca de ella para presentarse inesperadamente.