Más allá del arranque de esta cascada multicolor, un vasto jardín esparcía sus frondas, tamizando el azul del mar y del cielo á través de sus columnatas de troncos que entrecruzaban, como lianas, rosales serpenteantes. Sobre su eterno fondo verde resaltaba la blancura marmórea de fontanas y estatuas.

El sol, descendiendo hasta el suelo en jirones de luz, despertaba una vida de inquietos murmullos. Flotaban las mariposas en el espacio como flores de la atmósfera; sonaba un lejano é insistente arrullo de palomas invisibles; en los tazones de las fuentes huían los peces de oro y bermellón, perseguidos por sus propias sombras color de ébano.

Resultaba tan enorme la abundancia floral, que el jardín parecía de otro planeta, donde la vegetación fuese toda de pétalos y perfumes. La tierra, cuidada como un objeto de lujo, nutrida con abonos potentes y en perpetua humedad, daba proporciones monstruosas á las plantas, haciéndolas exhalar perfumes dulces, perfumes picantes ó perfumes ardorosos. Miles de pájaros cantaban hasta que se extinguía la luz, con una insistencia discordante y alegre, embriagados por la atmósfera exageradamente primaveral. En el fondo del ancho desgarrón que partía el jardín, más allá de la avenida en forma de cascada de flores, asomaba un fragmento de Mediterráneo, cabrilleante bajo el sol, casi siempre solitario, como un lago de azul y de oro que prolongase esta propiedad hasta el infinito.

Rosaura venía á sentarse todas las tardes en dicha meseta terminal, á espaldas de su magnífica casa, debajo de los ventanales salientes del cerrado comedor.

Los primeros días habían sido para ella de regocijo y entusiasmo. Se lamentó de los absurdos de la moda; hizo burla de la esclavitud de los que viven y se mueven con arreglo á las iniciativas de otros. Nunca había permanecido en su lujosa quinta durante la primavera. Cuando empezaba su jardín á dejar morir las forzadas y anémicas flores del invierno, cubriéndose con otras más espontáneas y magníficas, ella tenía que volverse á París por no quedar sola; seguía la corriente de todos los que abandonan en Abril las riberas de la Costa Azul, como un establecimiento que ha perdido su elegancia.

Admiraba ahora su propiedad, creyendo verla por primera vez. Todos los días encontraba un banco preferido, un rincón con bóvedas de rosas, cuya existencia nunca había llegado á sospechar. Seguía horas enteras las caprichosas evoluciones de unos peces chinos, que después de corta admiración en el momento de comprarlos, había dejado perderse entre las rocas de sus fuentes. Observaba con regocijo infantil la natación á sacudidas de estos pequeños monstruos, sus ojos telescópicos, sus largos faldellines transparentes de bailarina que llevaban detrás de ellos con lento arrastre.

A pesar de tales alegrías, la vida de Rosaura no era cómoda. Esta gran casa necesitaba la numerosa servidumbre que tenía durante el invierno. Las familias de dos jardineros procuraban torpemente atender al servicio, y ella se creía una alojada en su propia vivienda. Se había instalado en su dormitorio, dejando el resto del edificio en un abandono de casa cerrada. Los salones, el gran comedor y otras piezas conservaban sus fundas en muebles y lámparas, bajo la penumbra verde filtrada por las persianas.

No obstante las molestias de esta instalación provisional, la encontraba agradable, felicitándose de su escapada de París. El correo le iba trayendo cartas ó postales de Borja, que ella leía y releía sentada en su terraza, con el mar enfrente y la cascada floral á sus pies.

—¡Pobre muchacho! Vamos á ver qué dice hoy.

Así se expresó los primeros días. Luego, al adivinar la carta del joven español por la letra del sobre, la dejaba á un lado, mirando con inútil ansiedad el resto de su correspondencia. No llegaba nunca la carta que ella estaba esperando, desde Marsella. Tal silencio desdeñoso hería su orgullo y empezaba á dar una monotonía abrumadora á este aislamiento de que se había rodeado voluntariamente.