Fué el camarero Dalava quien se traicionó á sí mismo con una revelación imprudente que puso de manifiesto su delito. La tentativa de envenenamiento era tan manifiesta y de tan claro origen, que todos se indignaron, hasta los muchos enemigos que el Papa de Peñíscola tenía en su país.

Cuando circuló la noticia del crimen, se hallaba el cardenal Pisano en Lérida, presidiendo un Sínodo convocado por él para someter á su voluntad el clero del reino de Aragón. Los más de los sinodales se habían mostrado hostiles al legado desde las primeras sesiones, y al recibir la noticia del envenenamiento de don Pedro de Luna, fué tal su indignación, que aquél tuvo que huir á Barcelona. Ante Alfonso V protestó el cardenal de que le supusieran instigador de dicho atentado; pero el rey estaba convencido igualmente de su culpabilidad y le respondió con dureza.

Por otra parte, Rodrigo de Luna, que había tenido tratos con él al principio de su viaje para llegar á un arreglo, indignado por esta vil asechanza, lo buscó en Barcelona con intención de matarle, y el legado tuvo que huir perseguido hasta la frontera por el sobrino de Benedicto y algunos de sus hombres.

La instrucción del proceso no dejó duda alguna sobre la culpabilidad del enviado de Martín V. El camarero Dalava acusó al fraile que le había proporcionado el veneno; éste dijo haberlo recibido del cardenal de Pisa, é igualmente aparecieron complicados en el crimen un arcediano de Teruel y otros dos presbíteros aragoneses.

Nada decían los papeles de aquel tiempo de la suerte de estos últimos, por hallarse en los Estados del rey de Aragón. El fraile benito era sentenciado por «envenenador y nigromante», y lo quemaban vivo en el istmo arenoso de Peñíscola, con arreglo á los procedimientos penales de aquella época.

Después de esta tentativa, los enemigos del papa Luna lo dejaban en paz. Su aislamiento hacía recordar el respeto supersticioso que inspiran las personas tenidas por invulnerables.

Sobre su cuerpo de nonagenario no hacían mella los años ni las asechanzas de los hombres. Parecía que el Papa navegante fuese á ser eterno como el mar.

III

De cómo la señora de Pineda, al aburrirse en la Costa Azul, hizo un pequeño rodeo en su camino para volver á París.

Una ancha avenida de colores descendía hasta el Mediterráneo. Era una sucesión de mesetas floridas, rojas, azules, violeta, amarillo oro, que venían á terminar en las rocas de la costa.