Pronto se convenció Adimari de que era imposible vencer á Luna en su país. El clero no osaba rebelarse contra el Papa elegido en Constanza, mas tampoco quería proceder con hostilidad contra su venerable compatriota. La fuerza de carácter del viejo Pontífice y su firme protesta le daban una aureola de heroísmo y martirio. Además, el legado papal, olvidando que era extranjero, procedía arbitrariamente, con resoluciones despóticas, creando en torno á su persona un ambiente de animosidad.

De acuerdo con el rey de Aragón y ayudado por los más íntimos amigos de Benedicto, hizo á éste tentadoras promesas. Si se sometía á Martín V, dejarían en su poder mientras viviese todos los libros y los bienes de la Sede Apostólica que se había llevado de Aviñón y guardaba en Peñíscola; gobernaría como soberano el país donde quisiera establecer su residencia; recibiría una pensión de cincuenta mil florines anuales, cantidad enormísima en aquel entonces; todos los beneficios y títulos dados por él serían reconocidos, y se aceptarían otras proposiciones que quisiera hacer, siempre que fuesen de acuerdo con la unidad de la Iglesia.

Hasta su sobrino Rodrigo de Luna, algo quebrantado por la desgracia, le aconsejó que cediese. Amigos más jóvenes y vigorosos que don Pedro parecían acobardados y encontraban tentadora la proposición. El anciano repitió una vez más que era el Papa legítimo y no podía recibir regalos ni mercedes de sus enemigos. Seguía esperando su triunfo en medio de la soledad y el abandono.

Entonces el cardenal Adimari creyó llegado el momento de hacer desaparecer á un enemigo que se sobrevivía con extraordinaria longevidad, siendo esto para sus partidarios clara prueba de la certeza de sus derechos.

Borja había leído en el Archivo de la Corona de Aragón una carta de uno de los familiares del Papa de Peñíscola, escrita en lemosín, contando la tentativa de envenenamiento perpetrada en el nonagenario.

Como todos los hombres de edad avanzadísima, castos y frugales en la mesa, don Pedro era gran aficionado á los dulces. Después de las comidas se retiraba á una torrecilla de un solo piso, desde cuyos ventanales veía el Mediterráneo como si estuviese en la popa de una galera. Allí, ocupando un sitial, contemplaba la inmensidad azul, combinando expediciones marítimas contra sus enemigos, como si la muerte no pudiera venir nunca á buscarle.

Al lado de él, sobre una mesa, colocaban varias cajas de dulces, regalo de comunidades religiosas que se mantenían ocultamente en su obediencia, considerándolo siempre Pontífice legítimo. Dichas cajas sólo las tocaba su camarero de confianza, guardándolas luego bajo llave.

Este camarero era un antiguo canónigo de la Seo de Zaragoza, nacido en Cariñena, llamado Micer Domingo Dalava, al que había conocido Benedicto estudiando en Tolosa. Las cajas favoritas del Papa eran dos: una de dulce de membrillo, otra de ciertas hostias, doradas por ambos lados, que contenían una mezcla de miel y de frutas.

Fray Paladio Calvet, monje benito del convento de Bañolas, se entendía con el camarero Dalava, proporcionándole una cantidad de arsénico que, según manifestó después, al darle tormento, le había sido entregada por el mismo legado. Ambos individuos practicaron orificios en el dulce de membrillo, introduciendo por ellos una dosis considerable de veneno, y abrieron igualmente las dos caras de las hostias para depositar el arsénico en su interior.

Comió el viejo solitario sus dulces, como siempre, sintiendo al poco rato los síntomas del envenenamiento. Su médico y todos sus familiares creyeron que iba á morir; pero este hombre extraordinario, que parecía hallarse por encima de los peligros que afectan á los demás mortales, se salvó después de unas cuantas horas de vómitos y desmayos. Tal vez la gran abundancia del tóxico depositado en los dulces hizo que este organismo débil y frugal se resistiese á asimilarlo, expeliéndolo. A los pocos días Benedicto estaba restablecido, sin que nadie sospechase el envenenamiento ni hubiera examinado los dulces.