A pesar de las aclamaciones que el nuevo Papa recibió en Constanza, su situación resultaba insegura. La Iglesia había vivido un tercio de siglo entre disputas, y no era trabajo fácil y rápido restablecer su unidad. Como italiano, había rehusado las ofertas de Segismundo para vivir en Alemania y la de los franceses para seguir en Aviñón.

Quería instalarse en Roma y al mismo tiempo reconocía los peligros de la gran urbe católica, interrumpiendo su viaje para alojarse en Florencia. Aun en esta ciudad, escogida por él, lo maltrataba la grosería popular, á causa de los gastos que el mantenimiento de su corte imponía á los florentinos. Al pie de los balcones de su palacio los niños entonaban una canción cuyas estrofas terminaban así:

Papa Martino
non vale un quattrino.

La actitud del rey de Aragón era otra de sus obsesiones. Alfonso V había reconocido los acuerdos de Constanza, pero negándose á hacer nada contra la persona del venerable amigo de su adolescencia retirado en Peñíscola.

Valiéndose del arzobispo de Tarragona, consiguió el nuevo Papa que cierto número de cardenales y prelados que aún se mantenían fieles á Benedicto lo visitasen en su fortaleza para rogarle una vez más que abdicase. En nombre de Martín V le prometieron que éste anularía todas las sentencias dadas contra él, manteniéndolo en una situación de segundo jefe de la Iglesia y asegurándole rentas enormes.

Este hombre irreductible, que acababa de cumplir noventa años, contestó repitiendo lo que había dicho en Perpiñán ante el emperador y después á los enviados del concilio de Constanza:

—Un Papa verdadero no renuncia. Soy el único cardenal anterior al cisma, el único que no es dudoso y puede hacer una elección legítima... Y yo me elijo á mí mismo.

Cuatro cardenales nombrados por él lo abandonaron. Entonces, Benedicto, inquebrantable como la roca que habitaba, los depuso por indignos, y todos los años, al llegar el Jueves Santo, lanzaba contra ellos el anatema, á pesar de que tres habían muerto mucho antes.

Los rápidos fallecimientos de estos amigos desleales hacían que el anciano insinuase á sus íntimos la posibilidad de que el Papa de Italia no fuese extraño á su muerte.

Para acabar con él de una vez, envió Martín V á los Estados del rey de Aragón á uno de sus más íntimos confidentes, el cardenal Adimari, que por ser arzobispo de Pisa fué conocido en España con el nombre del cardenal Pisano. El objeto de su viaje era cortar de raíz el cisma en la tierra donde aún se mantenía; suprimir á Benedicto, fuese como fuese, de acuerdo con las doctrinas políticas de aquellos tiempos, que llegaban á reconocer como legítimo el crimen de Estado.