Todavía perdió mucho tiempo el concilio, declarando contumaz otra vez á Benedicto y fijándole nuevos plazos para que se presentase. Necesitaba, antes de exonerarlo, dar carácter de legalidad á cuanto había hecho como Papa, institución de fiestas religiosas, casamientos de príncipes, bulas, privilegios á las iglesias. El concilio debía reconocer como suya toda la obra pontificia de Luna, para que no resultase ilegítima después de su condenación, trastornando la vida de varias naciones.
El 26 de Julio de 1417, una tropa de heraldos á caballo y con trompetas circuló por las calles de Constanza desde las primeras horas, invitando al pueblo á orar. El concilio se había reunido en la catedral, con asistencia del emperador. Al principio de la sesión, un grupo de cardenales, prelados y escribanos abrió la gran puerta de par en par, y saliendo al rellano de la escalinata, hizo que uno de sus heraldos gritase por tres veces el mismo llamamiento:
—Que Pedro de Luna, conocido de muchos con el nombre de Benedicto XIII, comparezca por sí ó por procurador.
El hombre apelado desde las riberas del lago de Constanza seguía en Peñíscola, viendo á sus pies las azules ondulaciones del Mediterráneo.
Después de este llamamiento inútil se promulgó el decreto por el cual se declaraba «al llamado Benedicto XIII escándalo de la Iglesia universal, sostenedor del cisma, despojándolo de todos sus títulos, grados y dignidades, relevando á los fieles de los juramentos y obligaciones con él, excomulgándoles si lo obedecían como á Papa y le prestaban auxilio, consejo ó protección». Acto seguido se cantó el Te Deum, se echaron á vuelo las campanas, y Segismundo hizo que un grupo de sus caballeros fuese anunciando por toda la ciudad, á son de trompeta, la sentencia de deposición.
Cuando Pedro de Luna recibió en Peñíscola la noticia de todo esto, alzó los hombros y continuó creyéndose tan Papa como antes.
Al verse el concilio en la ansiada situación de «sede vacante», procedió á elegir un nuevo Pontífice. No era empresa fácil. Las siete naciones que lo componían se agitaron al impulso de las pasiones políticas y las vanidades patrióticas. Finalmente, la influencia unida de los delegados españoles y alemanes nombró á un italiano, el cardenal Otón Colonna, que tomó el nombre de Martín V, hombre de pocos estudios, pero de ingenio natural, amigo de todo el mundo, conciliador y algo indolente.
Como la mayor parte de los cardenales de entonces, no era más que diácono, y en los días siguientes á su elección papal hubo que ordenarlo de sacerdote y hacerlo obispo.
Los doctores de Constanza fingían no acordarse del anciano de Peñíscola, pero á través de su silencio asomaba con frecuencia la preocupación que les infundía el tenaz Luna. Un predicador, al celebrar en Constanza el triunfo de Martín V, comparó á la Iglesia vencedora con la mujer vestida de sol que aparece en el Apocalipsis, teniendo á la luna debajo de sus pies y la cabeza coronada por doce estrellas. La luna era el Papa de Peñíscola y las estrellas los doce soberanos que se habían adherido al concilio.
Martín V, cuando se disolvió la asamblea eclesiástica á la que debía su tiara, no tuvo otra preocupación que Benedicto XIII. Era para él á modo de un espectro que se le aparecía en sueños, recordándole que su autoridad no estaba reconocida por todo el mundo cristiano.