Uno de los benedictinos, al exponer semanas después el resultado de su misión ante el concilio de Constanza, dijo haber contestado á tales palabras: «Cuervos somos, y por eso venimos al olor de la carne muerta.» Pero tal respuesta la consideraron todos fabricada con posterioridad.

Los «cuervos del concilio» requirieron á Benedicto para que renunciase su tiara, haciendo leer á los notarios todos los decretos promulgados contra él en Constanza.

Soportó el anciano con majestuosa inmovilidad la lluvia de injurias y anatemas que los enemigos hacían caer sobre él, dentro de su propia casa. En algunos momentos le fué imposible mantenerse silencioso, viendo puesta en duda su fe.

—¡Yo hereje!—murmuró mirando al cielo.

Cuando los enviados dieron fin á sus lecturas, golpeó con ambas manos los brazos de su trono y dijo enérgicamente:

—No; la Iglesia no está en Constanza; la verdadera Iglesia está aquí.

Y designando la sede que le servía de asiento, repitió una vez más su frase: «Ésta es el Arca de Noé.»

Los dos benedictinos se volvieron á Constanza para dar cuenta de la ineficacia de su viaje, y el concilio procedió á la deposición de Benedicto XIII con mayor solemnidad y ceremonias más meticulosas que las empleadas para acabar con sus dos adversarios.

Una comisión de cardenales y de obispos salió á las puertas de la catedral de Constanza para citar á gritos á «Pedro de Luna, llamado Benedicto XIII»; y como el emplazado no se presentó, lo declararon contumaz, siguiendo su proceso.

Buscaron testigos contra él en los países sometidos al concilio, ó sea en casi toda la cristiandad, y nadie se atrevió á declarar contra su vida privada ó contra la notoria honradez con que había administrado los bienes de la Iglesia. Todos reconocían en voz baja sus costumbres austeras, su desprecio al dinero, su odio al nepotismo, pues nunca había favorecido á sus sobrinos con dádivas extraordinarias. El único cargo grave contra el Pontífice de Peñíscola era «su obstinación en no renunciar al Papado».