Lo único que habían hecho en Constanza era declararlo herético y cismático, citándolo á que compareciese; pero como tales edictos sólo se fijaban en las puertas de la catedral, se acordó nombrar una comisión para que fuese á España á colocarlos, si era posible, en la misma puerta del castillo de Peñíscola, publicándolos además, durante los oficios divinos, en las vecinas poblaciones, especialmente en la catedral de Tortosa.

Dos monjes benedictinos, uno de Lieja, llamado Stock, y otro inglés, de nombre Planche, acompañados de varios notarios, emprendieron el viaje para presentarse en la fortaleza del Papa del mar.

No era tan desesperada la situación de éste como la creían sus enemigos. De los antiguos países de su obediencia sólo le quedaban la Escocia, que por odio á Inglaterra se mantuvo fiel hasta dos años antes de su muerte, y el condado de Armagnac, en el Sur de Francia, que lo veneró hasta después de muerto. Pero aparte de ambos países, eran muchos los grupos y las personalidades ilustres que seguían de lejos con simpática atención la resistencia del Pontífice.

Los que se mantenían junto á él llamaban á Peñíscola el Arca de Noé, y databan sus cartas familiares In Arca Noe. Según el anciano Papa, toda la Iglesia vivía refugiada en esta roca del Mediterráneo, como toda la humanidad lo había estado en el Arca de Noé sobre el oleaje tempestuoso del Diluvio.

Pudieron entrar los dos benedictinos en Peñíscola gracias á la mediación de Alfonso V. Así como al concilio de Pisa lo llamaba siempre el tenaz Pontífice «conciliábulo», al de Constanza sólo le concedía el título de «congregación».

Únicamente por deferencia al rey, se decidió Benedicto á recibir á los «pretensos nuncios de la Congregación de Constanza» que estaban esperando en Tortosa su venia para seguir adelante.

A pesar de tal desprecio, hizo un alarde de soberanía y pompa cortesana para recibirlos, como si aún estuviese en su palacio de Aviñón. Rodrigo de Luna, con doscientos ballesteros, salió á buscarlos en el istmo arenoso, al pie de las murallas de Peñíscola. No les vendaron los ojos, como era costumbre hacerlo con los emisarios enemigos al entrar en una fortaleza. El sobrino del Papa quiso que se diesen cuenta del valor defensivo de este promontorio cerrado por todas partes.

Benedicto los aguardaba en el gran salón del castillo, adornado con tapices. Ocupaba su trono, ostentando en la cabeza la tiara de San Silvestre, que era la de los Pontífices de Roma, y había sido llevada á Aviñón. A ambos lados estaban los pocos cardenales de su obediencia que aún se mantenían fieles, algunos prelados que no habían querido cumplir las órdenes del rey don Fernando, perdiendo sus diócesis por seguir á Benedicto, y todos los funcionarios religiosos y laicos que completaban la corte pontificia.

Al ver entrar escoltados por sus ballesteros á los dos benedictinos, que vestían hábitos negros, y á sus notarios con ropas de igual color, dijo el Papa dirigiéndose á los suyos:

—Ya están aquí los cuervos del concilio.