Amenazó en un decreto á todos los que siguieran al lado de él, desempeñando cargos en su corte. Esto aceleró la desbandada en tomo á Benedicto. Sólo un pequeño grupo de viejos amigos pertenecientes á diversas nacionalidades se mantuvieron fieles: Fernando de Aranda, al que había nombrado cardenal; el arcediano de Alcira, Maestro Esteve, doctor francés que muchos apellidaban «el filósofo del Papa», y algunos otros.
Tropas del rey acampaban en la costa, vigilando el istmo de Peñíscola para que nadie entrase ni saliese en la población, impidiendo que sus moradores fuesen surtidos de víveres. Entonces fué cuando el indomable anciano ordenó que excavasen una escalera en la roca, por la parte opuesta á la costa, dando al mar libre.
Borja había visto sus escalones desiguales tallados en el peñón. Las gentes del país, predispuestas á dar un carácter extraordinario á todos los actos del papa Luna, afirmaban que esta escalera había sido terminada en una sola noche. Sus dos galeras y otros barcos enviaban por dicho camino, hasta lo alto del «Macho», cargamentos de víveres.
Murió el rey de Aragón cuando iba camino de Castilla, á pesar de su enfermedad, para conseguir que la corte de dicho reino no vacilase en separarse de Benedicto: tan profundo era el odio que le había inspirado la resistencia de su antiguo amigo.
Cambió la situación en torno á Peñíscola al desaparecer don Fernando. Su hijo Alfonso V, rey letrado, que había de sufrir durante el resto de su vida la atracción de Italia, dejando casi olvidados sus Estados españoles, mostró un sincero respeto por el Pontífice conocido desde su niñez, y cuya fuerza de carácter admiraba. Disminuyó la vigilancia frente á Peñíscola, y los víveres empezaron á entrar con toda libertad en la plaza.
El concilio de Constanza se quejó de esta conducta del joven rey, y Alfonso V dijo que era obra de humanidad dar refresco á un personaje venerable refugiado en un rincón del mar.
Después de la deposición de Benedicto, los antiguos reinos de su obediencia habían enviado representantes al concilio de Constanza. Las cuatro naciones que figuraban en él se aumentaron hasta siete al llegar los embajadores de Aragón, Castilla y Navarra.
Segismundo volvió á Constanza después de año y medio de ausencia. Orgulloso de su triunfo en Perpiñán, había olvidado á los padres del concilio, entreteniéndose en las cortes de Francia é Inglaterra, de las cuales acabó por salir malparado y entre burlas á causa de su petulancia, sus amoríos y su falta crónica de dinero.
Pedía préstamos á cabildos y ciudades, derrochando inmediatamente miles de florines de oro. Creyéndose jefe de la cristiandad, vestía de negro, lo mismo que toda su gente, con cruces cenicientas y una leyenda en ellas: «Dios omnipotente y misericordioso», siendo dicho luto por el cisma. Al mismo tiempo se mostraba gran aficionado á banquetes, mujeres, danzas y borracheras; hacía regalos á las damas de Aviñón y de París y no pagaba á sus domésticos y proveedores. Después de vivir en París á costa del rey de Francia, pasó á Londres, firmando un tratado con el monarca de Inglaterra contra los franceses, á cambio de dinero y de un barco para volver al continente.
Al entrar en Constanza con honores de vencedor, creyó que el cisma estaba ya terminado y no había más que elegir un nuevo Papa. Lo mismo opinaban muchos personajes del concilio; pero los embajadores aragoneses recién llegados protestaron al escuchar las palabras: «Sede apostólica vacante». El concilio olvidaba que aún existía Benedicto XIII en su refugio de Peñíscola y nadie lo había depuesto.