Todas las calles ascendían en forma de escalera: una sucesión de mesetas empedradas de guijarros azules, tan pulidos por la lluvia, que resultaba peligroso marchar sobre ellos. Aglomerado el vecindario de marineros y labradores dentro de una fortaleza, las calles eran angostas y las casas carecían de espaciosos corrales.
Los despojos de la pesca y el estiércol de las reducidas cuadras mantenían una perpetua nube de moscas. Y al final de esta pirámide de edificios blancos, con su doble anillo de baluartes que parecían sustentarla lo mismo que los aros de un tonel sostienen sus duelas, se alzaba el castillo, designado por las gentes del país con el apodo viril de «el Macho» á causa de su robustez.
Se imaginaba Claudio los primeros meses de la vida de Luna en esta especie de isla, desconocida hasta poco antes y hacia la cual iban á volver sus ojos tantas gentes. Apenas sus dos galeras procedentes de Colliure hubieron anclado, llegó por tierra otra embajada de don Fernando para exigirle nuevamente que presentase su abdicación.
Luna contestó con ironía á los enviados del monarca. Si él no era Papa verdadero, en tal caso resultaban nulos todos los actos de su Pontificado. Y él había ceñido su corona al rey de Aragón, había casado á la reina de Castilla, llevaba cumplidos durante más de veinte años innumerables actos papales. Declarándolo Pontífice falso, indigno de obediencia, iban á disolverse la legitimidad de muchas familias reinantes y la vida espiritual de sus pueblos. Pero tales palabras no fueron oídas.
Maestro Vicente continuaba en Perpiñán trabajando por la extinción completa del cisma. Había reanudado las relaciones entre el enfermo rey de Aragón y el emperador, que aún vivía en Narbona. Ambos monarcas y los demás soberanos representados en Perpiñán acordaron finalmente la sustracción de obediencia á Benedicto. Después de tal acto, que dejaba al papa Luna sin fieles, el concilio de Constanza se consideró vencedor, celebrando la noticia con vuelos de campanas y grandes fiestas.
Gerson envió un mensaje al futuro San Vicente Ferrer saludándolo en nombre del concilio como salvador de la Iglesia, á quien se debía verdaderamente la extinción del cisma. Le pidieron que fuese á Constanza para tributarle grandes homenajes, pero Maestro Vicente renunció la invitación. No era sólo por modestia; le dolía haber dado el golpe mortal al protector de su juventud, al amigo de los mejores años de su existencia.
Una vez terminadas las negociaciones de Narbona, huyó de los soberanos que habían seguido sus consejos, volviendo á reanudar la vida de apóstol errante. La situación de Francia en su lucha con Inglaterra era más crítica que nunca. Los franceses habían sido derrotados en Azincourt, y él creyó que debía intentar la misión piadosa de restablecer la paz entre ambos pueblos. Seguido de sus penitentes cubiertos de polvo se lanzó á través de Francia, hasta que algunos años después, estando en la corte de Bretaña, por haberlo llamado la reina, gran devota suya, murió en Vannes, conservándose sus restos en la catedral de dicha ciudad.
El decreto del rey de Aragón sustrayéndose á la obediencia de Benedicto XIII no pudo aplicarse con la rapidez que esperaba el monarca. Prelados y cabildos intentaron resistirse á dicha orden, y hubo que apelar á públicas amenazas de encarcelamiento. Aun así, en Barcelona, Valencia y otras ciudades, los canónigos se ausentaron el día en que fué leído el decreto.
Muchos, por miedo ó por afán de ascender aprovechando la situación, renegaron del papa Luna, extremando sus ataques contra él para hacerse gratos á la corte. También fueron muy numerosos los que callaron, guardando en el fondo de su alma un afecto por el Papa español, que, poco á poco, volvió á mostrarse en años posteriores.
Considerábase ofendido don Fernando por la altivez del viejo Pontífice y la franqueza aragonesa con que le había echado en cara su falta de gratitud. Como verdaderamente sentía vergüenza por esto último, procuraba consolarse á sí mismo extremando las medidas contra el solitario de Peñíscola.