Este promontorio se convertía en una isla cuando el Mediterráneo empezaba á encresparse, cubriendo con el avance de sus murallas lívidas y cóncavas, empenachadas de espuma, la faja de arena que lo une con la tierra firme. En tiempo de bonanza, toda la flota pescadora de Peñíscola, barcos embreados y de gruesas bordas, se ponía en seco, formando doble fila sobre dicho istmo.

Borja recordaba sus viajes, comparando este peñón fortificado con el Mont-Saint-Michel, en Bretaña, ó la roca de Gibraltar. Comprendía la irresistible atracción que ejerció sobre los navegantes, desde los primeros tiempos en que el hombre, ahuecando el tronco de un árbol, se dejó llevar por las olas. Tenía en su centro una fuente de agua dulce, muy abundante, y otras fuentes secundarias surgían de sus orillas rocosas. Los navegantes podían hacerse fuertes dentro de él, sin miedo á que les faltase el elemento más necesario para la vida.

Según la tradición, los fenicios habían llamado Tyriche á Peñíscola, por encontrarla semejante á su ciudad de Tiro, aglomerada también sobre un peñón. Griegos y cartagineses se establecían aquí, para mantener seguros los géneros que les servían de moneda en sus transacciones con los indígenas de Iberia y guardar igualmente los minerales comprados en el interior, remontando el Ebro. La leyenda cristiana hacía desembarcar en estas rocas á varios discípulos del apóstol Santiago, cuyos restos estaban en la iglesia de Peñíscola, nadie sabía dónde. Don Jaime, rey de Aragón, al conquistar Valencia, daba Peñíscola á los templarios, y cuando desaparecían éstos, el fuerte castillo del mar pasaba á la Orden de Montesa, recién creada por los monarcas aragoneses para que pelease con los moros de Andalucía, guardando la frontera valenciana.

El maestre de Montesa, señor de toda la costa y las tierras interiores llamadas actualmente «el Maestrazgo», cedía á Benedicto XIII Peñíscola y su castillo. Al Papa del mar le placía hacer largos descansos en esta fortaleza semejante á un navío de piedra, cuando iba de Valencia á Barcelona ó descendía desde Zaragoza á las riberas del Mediterráneo.

Confiaba su defensa á hombres de espada que le eran adictos; grababan los canteros en portadas y muros las armas del Pontífice: un menguante lunar con las puntas abajo, las dos llaves, y como remate la tiara cónica de San Silvestre. Los antiguos encargados del guardamuebles y el guardarropas en el castillo de Aviñón colgaban tapices, tendían alfombras, colocaban credencias, sitiales, aparadores y mesas en los abovedados salones de piedra obscura. Parecía que el vigoroso anciano adivinaba el porvenir al prepararse este retiro, desde el cual iba á hacer frente á todos, sosteniendo su derecho con aragonesa tenacidad.

Mientras el cañón fué de corto alcance, esta península casi isla resultó inexpugnable. Felipe II había añadido baluartes á las fortificaciones medievales reparadas por el papa Luna. Un escudo enorme de dicho monarca adornaba aún la puerta principal de la ciudad.

En la guerra de Sucesión, las tropas francesas y españolas partidarias de Felipe V habían sufrido, encerradas en Peñíscola, un largo bombardeo, que arrasó la población, desapareciendo todos los edificios de arquitectura gótica, antiguos alojamientos de la mermada corte del Pontífice. Ahora las casas eran pobres y sin estilo; viviendas de nítida blancura exteriormente, míseras y negras en su interior, hogares de pobres gentes que habían de ganar su subsistencia pescando ó cultivando los terrenos blanduchos de la costa.

Borja, al dar la vuelta al peñón en una barca, había apreciado sus maravillas marítimas. Una espléndida flora se dejaba entrever, con temblores verdes, rojos y nacarados, en el fondo de las aguas. Grandes rebaños de salmonetes pastaban en estas praderas submarinas, conservando en su interior, hasta después de haber sido despojados de sus entrañas, el saborcillo amargo y la pulpa verde de las hierbas devoradas. El langostino, regio ornato del Mediterráneo, pululaba con transparencias de cristal en las cuevas profundas del peñón ó se extendía en bandas por las llanuras herbáceas y en declive que forman el gran parque subacuático en torno á Peñíscola.

Las barcas de pesca y los laúdes de cabotaje no necesitaban enviar sus tripulaciones al interior del pueblo para hacer provisión de agua dulce. Les bastaba atracar al pie de uno de los baluartes que aún mantiene el escudo del papa Luna grabado en sus piedras. Entre el muro y las rocas del suelo surgía una fuente, y los navegantes, desde la cubierta del barco, podían llenar sus toneles. En esta muralla marítima un gran arco tapiado marcaba el sitio por donde las galeras del citado Papa podían penetrar en la población, quedando al amparo de la primera línea de fortificaciones.

Una fuente de agua salada existía dentro de Peñíscola entre las varias de agua dulce, siendo llamada «el Bufador» á causa de sus gigantescos soplidos. El peñón estaba socavado por varias cavernas, siendo todo él á modo de una esponja pétrea. En las cuevas más angostas se refugiaban los peces para reproducirse al abrigo de las agitaciones exteriores. En la bóveda del socavón más grande existía un agujero á modo de tubo de chimenea, que venía á terminar en una plazoleta del pueblo. Los días de tormenta penetraban las olas tumultuosamente en la gruta submarina, empujándose unas á otras en su avance y su reflujo, y estos choques elevaban una gruesa columna de agua salada por el respiradero del «Bufador», rociando á los transeúntes desprevenidos.