Donde los cuervos del concilio entran en el Arca de Noé, y se habla de ciertas hostias doradas, rellenas de miel y de arsénico.
Al abrir Borja la pequeña ventana de su habitación, vió el mar casi á sus pies, teñido de rosa por los arreboles del amanecer.
Estaba en Peñíscola. Quince días había necesitado para llegar á ella, deteniéndose en todas las ciudades donde vivió el papa Luna durante el último período de su agitada historia.
No sentía prisa de llegar al término de su viaje. En Peñíscola moría el nonagenario Pontífice y terminaba él su libro. Más allá iba á crearse en su existencia un vacío que le inspiraba cierto miedo.
De Barcelona, de Tarragona y de Tortosa había ido enviando cartas á la viuda de Pineda, en su residencia de la Costa Azul. No tenía esperanza de ver contestado este monólogo epistolar. Escribía por escribir, sintiendo la necesidad de exponer en largas cartas, ó en pocas líneas trazadas apresuradamente sobre una tarjeta postal, sus impresiones del momento, sus nostalgias al verse solo, algunas veces una amargura discreta y tímida por lo que él llamaba «la fuga de Marsella».
En esta correspondencia de vagabundo, prescindía siempre de mencionar sus señas para que ella le contestase. ¿Qué podría escribirle? Alguna carta amable y falta de espontaneidad; la carta de una señora de gran mundo que al tomar la pluma teme una maligna interpretación de sus palabras. Juzgaba más consolador para él escribir sin esperanza de respuesta, como si se dirigiese á las mujeres-fantasmas que había adorado imaginariamente en su primera juventud.
Al llegar á Peñíscola pensó instalarse en la inmediata ciudad de Benicarló. En ella podía encontrar una modesta fonda, frecuentada por viajantes de comercio y corredores de vinos del país, verdadero «Palace» comparada con las casas de Peñíscola. Mas los contados kilómetros que separaban ambas poblaciones, á través de marismas y entre naranjales, cuyos ribazos convertían los caminos en barrancos, le decidieron á instalarse en la antigua población papal, arrostrando las escaseces y la monotonía de este promontorio sin más habitantes que pescadores y pobres labriegos.
El médico y el secretario del Municipio, deseosos de tener un compañero de conversación procedente de Madrid, le buscaron alojamiento en la casa del único tendero de comestibles, representante, en este rincón olvidado, de los altos intereses de la industria y el comercio.
Dos días llevaba Borja nada más en el último refugio del papa Benedicto, y se imaginaba haber vivido sin salir de él una suma considerable de meses. Conocía Peñíscola por la visita hecha años antes. Al volver la encontraba igual, como si el tiempo no existiese para sus edificios y sus habitantes.
Le gustaba salir de su recinto amurallado, pasar la lengua arenosa que la une á la costa, y desde allí abarcar en una ojeada los anillos superpuestos de sus baluartes, el caserío apretado y en escalones, de una blancura luminosa, y sobre la cúspide su robusto castillo de torres desmochadas. En él había vivido durante ocho años el abandonado Pontífice, insistiendo en su legitimidad, haciéndose temer hasta el último momento por los mismos que fingían despreciarle.