Por instigaciones del futuro San Vicente, el rey aragonés se mostró casi tan violento como el emperador. Hizo saber al Papa, por medio de una comisión, que él y los reyes de Navarra y de Castilla abandonarían inmediatamente su obediencia si no renunciaba al Pontificado ante el concilio de Constanza, lo mismo que sus antagonistas.

Acogió el irreductible Luna dicha imposición con un silencio altivo, y poco después se dirigió al inmediato puerto de Colliure, donde le esperaban sus dos galeras. Menospreciado y atacado por los que habían sido hasta el día antes sus partidarios más fieles, renegó de los hombres y fué en busca del mar.

Aún le quedaba en el mundo un pedazo de tierra que era suyo, absolutamente suyo, la pequeña península de Peñíscola con su abrupta fortaleza. Allí podría vivir al amparo del Mediterráneo, sin reyes que pretendiesen atropellar su voluntad por exigencias de la ambición ó de la política; allí sostendría su derecho, que él consideraba más indiscutible que nunca, frente al cielo, frente al mar, siendo su tenacidad una lección y un remordimiento para sus adversarios.

Se alarmó el rey elegido en Caspe al saber la marcha inesperada del Pontífice. Una embajada de grandes señores y jurisconsultos de su corte salió al galope hacia Colliure para rogar á Benedicto que volviese á Perpiñán, donde buscarían juntos una solución que les mantuviese amigos.

El papa Luna, á cambio de la renuncia de su tiara, se vería reconocido como el primero de los cardenales, sería legado a latere para todas las naciones que habían vivido bajo su obediencia, seguiría gobernando como segundo Papa los países que siempre le sostuvieron. El emperador y todos los reyes representados en Perpiñán conseguirían que el concilio de Constanza le confiriese cuantos honores y dignidades quisiera, en agradecimiento á su abdicación.

Llegó la embajada á Colliure cuando las dos galeras levaban anclas, izando su velamen. El Papa del mar, erguido en la popa de su nave, acogió con desdeñoso silencio el mensaje real dicho á gritos por uno de los emisarios.

Como Benedicto continuaba de pie y mudo en el alcázar de su galera, otra vez pidieron contestación los enviados de don Fernando.

Sólo cuando el buque empezaba á alejarse habló el Pontífice, dando como respuesta una frase extraída de los libros santos:

—Decid esto á vuestro rey: «Yo te hice lo que eres y tú me envías al desierto.»

II