Las imposiciones del joven emperador acabaron por exacerbar el carácter poco sufrido del Pontífice. Abundaban en Perpiñán sus adeptos, todos hombres de espada é indignados igualmente contra Segismundo. Surgieron riñas entre unos y otros. El conde de Armagnac, cuya familia fué partidaria de Benedicto hasta después de su muerte, tuvo una pelea con el Gran Maestre de Rodas, y éste murió pocos días después. Segismundo empezó á encontrar insegura su residencia en Perpiñán por miedo á los «catalanes», como él llamaba á todos los sostenedores de Benedicto. Éstos, cada vez más numerosos en la ciudad, hablaban públicamente de dar una lección al emperador.

Tal fué la inquietud de Segismundo, que abandonó de pronto Perpiñán para retirarse á Narbona, anunciando que reduciría á Benedicto por la fuerza, para lo cual prometió volver muy pronto al frente de sus ejércitos.

Hizo reir esta amenaza á los hombres de guerra, pues todos sabían que Segismundo era más rico en palabras que en soldados y dinero; pero Maestro Vicente, monje de paz, creyó en ella, mostrándose aterrado.

Tenía sesenta y cinco años, siendo más viejo en apariencia que el Papa, casi nonagenario. Había predicado en su vida seis mil sermones de tres horas cada uno, y vivía en continua penitencia. Lo mismo que en el momento crítico del sitio de Aviñón, cayó enfermo, permaneciendo en su celda del convento de Predicadores.

Benedicto XIII se consideraba en una situación favorable. Los reyes de Aragón, Castilla, Navarra y Escocia le seguían fieles después de esta fuga del emperador, y con ellos varios señores poderosos del Sur de Francia. Sólo existía un Papa en aquellos momentos y era él. Sus dos adversarios habían desaparecido.

Tenía enfrente al concilio de Constanza, pero este concilio se había creado numerosas enemistades, y su firme tenacidad lograría al fin triunfar de él. Muchos de sus miembros se mostraban irreductibles enemigos suyos sabiendo que era incapaz de dejarse manejar por nadie durante su Pontificado, pero todos acabarían aceptándolo por conseguir pronto la unión, teniendo además en cuenta su edad avanzadísima.

Cuando el enérgico Pontífice se consideraba próximo otra vez á una victoria definitiva recibió el golpe mortal de su amigo más íntimo y constante, de Maestro Vicente, y éste realizó tal acción de buena fe, obedeciendo á su alma aterrada por el fracaso de las negociaciones y la cólera del emperador.

Levantándose inesperadamente de su lecho de enfermo, anunció que iba á predicar en una fiesta á la que asistirían el Papa, los príncipes venidos á Perpiñán para las conferencias, los cardenales, los embajadores, una multitud enorme. Cuando apareció en el púlpito, pálido, exangüe, con los ojos ardientes de fiebre, un estremecimiento circuló por el auditorio. Todos presintieron que de su boca iba á surgir algo decisivo para la cuestión que venía debatiéndose tantos años.

La voz del predicador resonó como una campana en el profundo silencio, al lanzar el tema de su sermón: «Osamentas desecadas, oid la palabra de Dios.» Y empezó á censurar la conducta tenaz de Benedicto XIII, que hasta pocos días antes había sido para él un verdadero vicario de Jesucristo. Olvidaba centenares de sermones á favor de dicho Pontífice; toda una vida de apostolado para conseguir la unión de los creyentes bajo la indiscutible legalidad del papa Luna. La asistencia le escuchaba con estupor. Benedicto no hizo un solo gesto y siguió mirando fijamente al que había sido su más íntimo consejero.

El rey don Fernando amaba á don Pedro de Luna, pero su respeto por Maestro Vicente era muy superior á todos sus afectos antiguos. Además estaba enfermo, consideraba próxima su muerte, y en tal situación seguía á ojos cerrados los consejos de un hombre tan milagroso.