»Soy el único de los cardenales anteriores al cisma que aún vive. Si, como decís vosotros, todos los Papas elegidos después del cisma son dudosos, todos los cardenales que ellos han nombrado son dudosos igualmente. Y como los cardenales son los que nombran los Papas, yo solo, cardenal auténtico, soy el único que puede designar un Papa auténtico.

»Yo soy también el único que puede conocer verdaderamente las cuestiones de legitimidad en este cisma, el único que estuvo presente en el cónclave que dió origen á él. La solución para los males presentes de la Iglesia soy yo solo el que puede legítimamente aplicarla; la dignidad de la Iglesia y mi propia dignidad así lo exigen.

»Suponiendo que no sea yo el único Papa legítimo, soy el único cardenal legítimo, y puedo nombrarme por segunda vez á mí mismo. Y si no queréis que el Papa sea yo, no por eso conseguiréis evitar que yo sea el único que puede nombrar otro Papa, y ningún Papa legítimo será designado sin mi aquiescencia, ya que soy indiscutiblemente el único cardenal legítimo.

Siguió el invencible anciano razonando de este modo mientras fijaba sus ojos en los diversos grupos de la gran asamblea. Los enemigos bajaban la cabeza, impresionados por su argumentación incontestable. Sus amigos le miraban con entusiasmo, sintiéndose reconfortados. Mas la reconciliación resultaba imposible é inútiles todos los argumentos de este formidable polemista. Segismundo, hombre del Norte, no podía aceptar un Papa español. Además, reconocer al Papa de Aviñón era indisponerse con el concilio de Constanza, dirigido por enemigos de este Pontífice y por antiguos amigos desleales, que aún resultaban más feroces.

Borja, al recordar este momento decisivo en la vida del papa Luna, pensaba siempre lo mismo:

—Su argumentación fué sólida, rectilínea, incontestable como la verdad. Pero ¡ay! el mundo vive casi siempre regido por intereses y no por verdades.

Hubo prelados y doctores que, llegados á Perpiñán como adversarios de Benedicto, se sintieron convencidos por sus razonamientos é intentaron defenderle. Algunos obispos franceses enemigos del concilio de Constanza, por ver en él una asamblea ilegítima sublevada contra los Papas, se unieron á los amigos de Benedicto para pedir la reunión de un nuevo concilio; pero enterado Segismundo, se presentó inesperadamente en la casa donde se juntaban dichos personajes, haciendo abortar la empresa.

El emperador se mostraba cada vez más arrogante, ganando á unos por medio de promesas y á otros valiéndose de amenazas. Exigió casi con violencia al anciano Pontífice una renuncia pronta, sincera, sin reservas, y el aragonés, incapaz de tolerar imposiciones, le contestó en el mismo tono.

Don Fernando, siempre acostado y doliente, no podía intervenir entre el Papa y Segismundo. Sus funciones de mediador las había delegado en Maestro Vicente, que también estaba enfermo á causa de las privaciones y penitencias de su ascetismo.

Este fraile tímido, que había abandonado en Aviñón á su Papa por no verle entregado á la guerra, tuvo que avistarse con un soberano algo fanfarrón, vanidoso por sus recientes triunfos en Constanza, propenso á formular amenazas que no podía cumplir. El futuro San Vicente Ferrer creyó de buena fe en las terribles venganzas que prometía el emperador y procuró no comunicarlas al monarca enfermo ó á su hijo Alfonso, para que la altivez de éstos, justamente ofendida, no provocase una guerra. Además, los hombres influyentes del concilio de Constanza le escribían con frecuencia, acabando por quebrantar su fe en el papa Benedicto. Continuaba no dudando de su legitimidad, pero le pedía que renunciase.