Fué Segismundo, en la misma tarde, á ver al rey de Aragón en su alojamiento, manifestando sus esperanzas de convencer á Benedicto después de tan cordial entrevista.
Don Fernando estaba cada vez más enfermo. Había pedido á los Jurados de Valencia que le enviasen cuanto antes á «la mora bailadora de Mislata», una curandera residente en las cercanías de dicha ciudad, que le había atendido en su última crisis. También despachó mensajeros á Mallorca para que trajeran á cierto hombre famoso por su poder mágico para ahuyentar las enfermedades. En aquella época los grandes señores de la tierra se curaban así.
Visitó después el emperador á las dos reinas, acompañado por Alfonso, heredero de la corona, el cual le servía de intérprete, ya que sólo podía expresarse en latín. En todas estas visitas se mostró Segismundo muy confiado y jactancioso.
Después de su entrevista con Benedicto, creía á este tercer Papa más fácil aún de reducir que los otros dos, destituídos en Constanza. Los que conocían á Luna no participaban de su optimismo, falto de lógica. Se había negado tenazmente á abdicar siendo tres los Pontífices, y no iba á transigir ahora, viéndose Papa único.
Cuando empezaron á celebrarse las conferencias en el antiguo palacio de los reyes de Mallorca, se dió cuenta Segismundo de que estaba en presencia de un hombre extraordinario. Había oído hablar á muchos del carácter tenaz del Pontífice, de su dialéctica cerrada é invulnerable, pero la realidad fué más allá de sus suposiciones.
Tenía don Pedro de Luna en aquel entonces ochenta y ocho años. Sólo quedaba en su cuerpo la materia necesaria para el sostenimiento de sus funciones vitales. La cara pálida, de aguileña nariz, parecía transparente por lo exangüe. Una extremada delgadez empequeñecía aún más su estatura, que nunca había sido aventajada. Al mismo tiempo sus ojos reflejaban el ardor de una vida intensa. Su voz sorprendía por su extraordinaria y constante sonoridad, surgiendo horas y horas, sin quebranto, de aquel cuerpo en apariencia débil. La firmeza de sus raciocinios, la claridad de su inteligencia, resultaban asombrosas. Este anciano casi nonagenario acababa por hacer enmudecer en las discusiones canónicas á jóvenes y ardorosos doctores.
Fué en Perpiñán donde dió la muestra más sobrehumana de su tenacidad, de la fe en sí mismo, que parecían desafiar todas las leyes del tiempo. Habló en latín durante siete horas ante el emperador, los príncipes, los embajadores y todas las delegaciones enviadas por las universidades más célebres de Europa.
Un silencio de respeto y de asombro acogió su palabra autoritaria. Nadie la cortó con rumores de impaciencia ó de cansancio. Hasta sus mayores enemigos reconocían interiormente la superioridad de este hombre por sus virtudes privadas, su inteligencia y su carácter, sobre todos los Pontífices que habían sido sus adversarios, sobre los doctores famosos y los cardenales tránsfugas que le combatían en los concilios... Pero había nacido en un extremo de Europa, era un español, y los mismos reyes de su tierra natal lo iban á abandonar.
En este discurso de tantas horas relató la historia entera del cisma como él sólo podía contarla. Era ya el único viviente que había presenciado su origen. Todos los que le escuchaban habían adquirido sus actuales cargos después de aquel cónclave tumultuoso de Roma, en el que figuró él como cardenal. Muchos ni siquiera habían nacido en tal fecha. Y después de relatar los numerosos incidentes de esta lucha eclesiástica que duraba un tercio de siglo, llegó á la parte más interesante de su defensa, expresándola con una fuerza y una lógica invencibles, puestos sus ojos en los enemigos que le escuchaban.
—Vosotros decís que soy un Papa dudoso. No hablemos de ello; lo acepto. Pero antes de ser Papa yo era cardenal, y cardenal indiscutible de la Santa Iglesia de Dios, pues me dieron la investidura antes del cisma.