Tres cortes iban á reunirse: la pontificia, la del emperador y la del rey de Aragón. Dos reinas asistían igualmente á la conferencia: doña Margarita, viuda de don Martín, y doña Violante, esposa del enfermo don Fernando. Además, habían llegado los condes de Foix, de Armagnac, de Saboya, de Lorena y de Provenza; los embajadores del concilio de Constanza; los enviados de la Universidad de París, que eran su preboste y tres doctores de la Sorbona; el Gran Maestre de Rodas; el arzobispo de Reims, representando al rey de Francia; el obispo de Wórcester y sus doctores, enviados del rey de Inglaterra; el Gran Canciller de Hungría y el protonotario del rey de Navarra.
El arzobispo de Burgos, don Pablo de Santa María, antiguo rabino convertido por Maestro Vicente, era embajador del rey de Castilla. También fueron llegando doctores y maestros en diversas facultades, de todos los centros de enseñanza existentes en Europa. Las universidades de Montpellier y Tolosa, fieles á Benedicto hasta el último momento, enviaron lo mejor de su profesorado. Hasta un rey moro cautivo vino á presenciar este acto que tanto interesaba á los pueblos de Europa.
Segismundo se detuvo en Narbona, fuera de los dominios del rey de Aragón, creyendo poder influir desde lejos sobre el Papa español. Empezó por enviarle una embajada con orden de no besar sus pies, limitándose á darle el tratamiento de «Serenísimo y Poderosísimo Padre». Maestro Vicente, que había llegado á Perpiñán con el propósito de dar fin al cisma fuese como fuese, intervino para conseguir que el Papa recibiera á dichos embajadores, sin creer por ello desconocida su autoridad. Benedicto escuchó á los enviados de Segismundo, contestándoles que «haría lo que fuese necesario para el bien de la Iglesia».
Tuvo que darse por satisfecho el emperador con esta ambigua promesa, y entró solemnemente en Perpiñán el 17 de Septiembre de 1416. Desde el concilio que había celebrado Benedicto en esta ciudad, años antes, sus vecinos se habían acostumbrado á los recibimientos ostentosos. Todas las calles estaban entoldadas y los edificios cubiertos de tapices. Bandas de danzarines y esgrimidores iban al frente de la comitiva, alegrando á la multitud con bailes y juegos de destreza.
Salió el futuro Alfonso V á recibir al emperador, seguido de la corte aragonesa, lujosamente vestida. Como presente de su padre había enviado á Segismundo un corcel castellano, grande, hermoso, ricamente guarnecido, y cabalgando en él entró el emperador en Perpiñán.
Describían los cronistas de la conferencia los trescientos hombres de armas de su escolta; los cuarenta pajes y los seis trompeteros, llevando en sus instrumentos pendones con las armas del Imperio, que le precedieron en su entrada. Delante de Segismundo iba un caballero llevando un espadón de dos manos con la punta hacia arriba, «porque entraba en tierra no sujeta á él», y cuatro ballesteros de maza. A continuación desfilaron veinticinco caballos de respeto llevados del diestro y varios ministriles con instrumentos de metal, «que venían sonando muy graciosamente».
Su séquito de caballeros alemanes y húngaros comió con él al llegar al alojamiento preparado por el monarca aragonés. Un sillón de brocado sobre siete gradas, delante de una gran mesa, era para él, y más abajo otras mesas estaban puestas para sus caballeros. Durante cincuenta días don Fernando albergó al emperador y á su corte, dando á todos «aves y pescados de muy diversas maneras, vinos castellanos, griegos y malvasías, en tal abundancia que los extranjeros se maravillaban de la desmesurada generosidad del rey de Aragón». Los caballeros de la corte aragonesa combatieron en torneos con los del emperador. Un barón del rey de Apolonia, célebre por sus fuerzas, se batía con el hijo del conde de Pallás en Narbona, y el joven español derribaba al alemán.
Al día siguiente de su llegada, Segismundo se presentó al Papa, después de oir misa, y Benedicto desplegó para recibirle la antigua magnificencia de la corte de Aviñón. Habitaba el Papa el castillo de Perpiñán. El emperador estaba instalado en el convento de los franciscanos, el rey de Aragón en el de los agustinos y Maestro Vicente en el de los dominicos.
En aquel tiempo de míseras y escasas posadas, los conventos equivalían á nuestros modernos «Palaces» y eran el único albergue digno de soberanos y próceres.
Recibió el Papa al emperador en el salón más grande de la fortaleza de Perpiñán, vestido de rojo y con un gorro de igual color ribeteado de armiño. Dos cardenales diáconos condujeron á Segismundo hasta el pie del trono papal, y el Pontífice se incorporó para saludarle, llevándose una mano á su becoquín. Habló el emperador con gran reverencia, llamándole Santísimo Padre, agradeciendo el honor con que lo había recibido y declarando que nadie como él podía dar la unión á la Iglesia, para lo cual venía en su busca. Después dobló una rodilla ante el trono, besó las dos manos del Pontífice, y éste á su vez besó al emperador en la boca, abrazándolo.