Después de este suceso, los enemigos de Luna atribuyeron una nueva profecía á San Vicente Ferrer. Éste, según ellos, indignado en Perpiñán por la tenacidad del Pontífice, había dicho: «Para castigo de su orgullo, algún día jugarán los niños con su cabeza á guisa de pelota.»

Como murió de viejo, sin otra enfermedad que su vetustez y en pleno uso de su inteligencia, creó dos días antes de su fallecimiento cuatro cardenales, para que el Papado legítimo de Aviñón no terminase con él. Este colegio cardenalicio debía elegirle un sucesor, continuando así la no interrumpida cadena de Pontífices verdaderamente herederos de San Pedro. Dichos cardenales de Peñíscola designados in extremis fueron dos aragoneses, Julián de Loba y Jimeno Dahe, y dos franceses, un religioso llamado Domingo de Bonnefoi, prior de la Cartuja de Monte Alegre, y Juan Carrier, que andaba en aquellos momentos por el Sur de Francia sosteniendo la causa de Benedicto XIII.

Los tres cardenales residentes en Peñíscola mantuvieron en secreto la muerte de don Pedro durante siete meses, fingiendo que el Papa vivía aún, publicando en los días señalados las acostumbradas indulgencias, sirviéndose de su propio sello para expedir documentos pontificios y cartas en su nombre. Hasta los vecinos de Peñíscola ignoraban dicho fallecimiento, no extrañando la ausencia del Pontífice por haber pasado éste los últimos meses de su vida sin salir del castillo. Mientras tanto, los tres cardenales—según afirmó después su compañero Carrier—se repartieron el oro y la plata del tesoro pontificio, los anillos con piedras preciosas, los vasos sagrados, libros, ornamentos y alhajas de la capilla papal, y hasta reliquias de santos. Además, aprovecharon los siete meses de secreto para ponerse en relación con Alfonso V, que había abandonado sus reinos de España, dejando como gobernadora de ellos á su esposa doña María, y andaba por Italia haciendo la guerra para consolidar la conquista de Nápoles. Una relación misteriosa se estableció entre el promontorio de Peñíscola y el castillo del Huevo, al otro lado del Mediterráneo, en la bahía de Nápoles, donde vivía el monarca aragonés.

—Pero hablemos de Juan Carrier—continuó Borja—, personaje interesante por sus aventuras, clérigo inquieto, de voluntad no común, que fué á modo de una caricatura de Benedicto XIII, repitiendo en pequeño los últimos actos de su Pontífice. Este Juan Carrier, nacido en Tolosa, se había distinguido entre los franceses partidarios de Luna, coleccionando cuantos escritos se compusieron á favor ó en contra de él, lo que le hizo ser considerado como notable erudito en las cuestiones del cisma.

Benedicto XIII le confería varios cargos eclesiásticos, y al quedar aislado en Perpiñán lo nombró su vicario general en los Estados del conde de Armagnac. El reino de Escocia fué el último en abandonar su obediencia, dos años antes de su muerte, quedándole después de esto como único soberano amigo el conde de Armagnac, poderoso señor vasallo de Francia, pero que procedía como un verdadero rey.

Sostuvo Martín V una lucha tenaz con los condes de Armagnac, abundante en triunfos, derrotas, conciliaciones y nuevas peleas, hasta mucho después de muerto el Pontífice de Peñíscola. Tal era la actividad de Carrier en su vicariato general, que el Papa de Roma tuvo que ordenar una especie de cruzada contra él.

Por instigaciones de su legado, muchos señores y algunas ciudades de Francia hicieron la guerra á Carrier, que se había refugiado en un castillo inexpugnable de la familia de Turena. Como la situación del vicario de Benedicto XIII resultaba semejante á la de su Pontífice refugiado en Peñíscola, Carrier dió á dicho castillo el nombre de Pegniscolette, y lo mismo hicieron los sitiadores.

El legado acumuló bombardas y huestes en torno á la segunda Peñíscola. Martín V excomulgó al conde de Armagnac por haber prestado apoyo á Carrier, y éste, para no causar mayores perjuicios á su protector, se escapó de Pegniscolette, emprendiendo el camino de España para ver á su Pontífice.

Cuando llegó al célebre promontorio del Mediterráneo en 1423, recibió de golpe tres noticias. Hacía un año que Benedicto XIII había muerto; á él lo había nombrado cardenal de San Esteban dos días antes de su fallecimiento, y como sucesor suyo reinaba en Peñíscola un nuevo Papa, llamado Clemente VIII.

Los tres cardenales se habían constituído en cónclave, y después de varios meses de inútiles deliberaciones acabaron por nombrar Pontífice al canónigo de Valencia don Gil Sánchez Muñoz. Poseedor de numerosos bienes, había desempeñado este canónigo misiones importantes de Benedicto XIII en los últimos años de su Pontificado. Tenía en su familia amigos íntimos del rey de Aragón, y era «muy vil pecador», según dijo Carrier, lo que no significaba tal vez otra cosa que haber mostrado cierta afición por las mujeres, pecado común del clero rico en aquellos tiempos.