—Este inquieto Carrier, que no deja de ser gracioso algunas veces al indignarse contra sus adversarios, afirma con toda gravedad en uno de sus escritos, que al ser nombrado Pontífice Clemente VIII, ó sea el canónigo Gil Muñoz, se extendió en el salón del cónclave un olor muy fétido, viéndose durante la noche vagar por las terrazas del castillo de Peñíscola un espantoso macho cabrío.

Rosaura se acordó de la cabra que rumiaba los hierbajos de las murallas. A pesar de su aspecto dulce, debía ser descendiente del macho cabrío infernal que celebró con su aparición el triunfo del canónigo pecador.

—Tal vez—contestó Borja sonriendo—. En esta prolongación del reino papal de Luna se mezclaron cosas ridículas y trágicas. El Pontificado de Clemente VIII fué grotesco, mas no por ello indigno de ser tenido en cuenta. Una cosa que dura ocho años no es para despreciada.

Al proclamarse en Peñíscola el nuevo Pontífice, se alarmó el reino de Aragón. Todos habían mirado con respeto la desgracia y la lenta vejez de Benedicto XIII; pero originó asombro y luego cólera la noticia de que un nuevo Papa completamente desconocido iba á prolongar la discordia en la cristiandad.

Siguiendo sus propios impulsos, la reina gobernadora ordenó á todas las poblaciones de la costa que estableciesen un bloqueo en torno á Peñíscola, y hasta preparó tropas para que se apoderasen de la plaza; pero los tres cardenales y el Papa elegido sabían más que ella y sus consejeros de Aragón. Llegaron del castillo del Huevo órdenes del conquistador de Nápoles para que dejasen en paz al Pontífice elegido en Peñíscola y á su corte.

Alfonso V sostenía una lucha diplomática con el Papa de Roma, reacio á acatar y legitimar su conquista de Nápoles. Al rey de Aragón le convenía mantener en sus Estados un cisma que inquietase á Martín V.

No era segura la situación de éste. El concilio de Constanza, después de haber prometido una reforma general de las costumbres de la Iglesia, se había disuelto sin hacer otra cosa que nombrarlo á él y suprimir á sus tres antecesores. Los husitas, partidarios de Juan Huss y Jerónimo de Praga, habían tomado las armas para vengar á estos mártires y sostener las doctrinas de Wiclef. Su caudillo Juan de Ziska obtenía continuas victorias sobre los sostenedores del Papa.

—Una parte considerable de la Iglesia se mostraba descontenta del Pontífice elegido en Constanza. Para evitar los peligros de tal animosidad, Martín V tuvo que convocar un nuevo concilio en Basilea, pero murió antes de que éste inaugurase sus sesiones. Eugenio IV, su sucesor, se vió depuesto por dicho concilio, y en su lugar fué nombrado Félix V. A éste lo declararon finalmente antipapa; pero todo lo dicho demuestra cuán insegura fué la situación de Martín V durante su Pontificado.

Se entendió al fin el rey de Aragón con el Papa de Roma, y Gil Muñoz, obedeciendo las órdenes de aquél, renunció á su Pontificado de Peñíscola, que ya llevaba ocho años de duración.

—La lentitud con que circulaban las noticias en aquel tiempo, los largos plazos que eran necesarios en todos los asuntos, la falta de periódicos y de comunicaciones rápidas, daban una larga existencia á lo que hoy se resolvería en pocas semanas. Gil Muñoz se mostraba también deseoso de abandonar su Pontificado. La Santa Sede de Peñíscola apenas tenía rentas, y el rico canónigo se arruinaba siendo Papa. Mas al llegar el momento de su abdicación, Gil Muñoz y sus cardenales mostraron una altivez verdaderamente española. Ya que cedían, debía ser con toda clase de honores. Además veneraban la memoria de Benedicto XIII, reconociendo que nadie podía compararse con él, y rivalizaron para mantener hasta el último momento la legitimidad de su causa.