El modesto Pontífice de Peñíscola y sus cardenales no aceptaron nada que pudiera interpretarse como tácito reconocimiento de que Benedicto XIII había sido un usurpador. Su Pontificado era legítimo y legítima igualmente la sucesión de Gil Muñoz, ó sea Clemente VIII. Lo único que podía hacer éste era renunciar á su legitimidad indiscutible, para bien de la Iglesia.
—En el gran salón abovedado que hemos visto se reunieron el 26 de Julio de 1429 Clemente VIII y toda su corte. Uno de los tres cardenales que lo habían elegido, el francés Bonnefoi, vivía preso desde tres años antes en un calabozo del castillo, por lo que diré luego. El aragonés Dahe también ocupaba una mazmorra, pero sólo desde las últimas semanas, por haberse mostrado contrario, con una tenacidad digna de Benedicto, á cumplir las órdenes del rey acatando á Martín V.
No obstante estas dos ausencias, la corte pontificia conservaba tres cardenales: Julián de Loba, el único de los presentes nombrado por el papa Luna; Gil Sánchez Muñoz el joven, sobrino de Clemente VIII—pues éste, para mostrarse verdadero Papa, empezó por proteger á su familia—, y otro cardenal creado pocos días antes, que se llamaba Francisco Rovira. Los altos funcionarios eran veintidós, aragoneses y valencianos los más, y algunos franceses é italianos.
El cardenal De Foix, enviado de Martín V, presenció con todo su séquito esta ceremonia, que iba á ser el último acto de la célebre y tenaz resistencia del papa Luna.
Revestido Clemente VIII con las insignias de su famoso antecesor, ocupó por última vez el trono papal. Con una firmeza solemne declaró que revocaba todas las sentencias y excomuniones que Benedicto XIII ó él mismo hubiesen podido fulminar contra el cardenal Otón Colonna y lo habilitaba para recibir la dignidad de Papa. Si él había aceptado la sucesión de Benedicto, era con la esperanza de poder realizar dicha unión, y «por esto libremente, en honor de Dios y de la Iglesia, sin ser inducido por dádivas ni promesas, renunciaba á la dignidad pontifical». Y pronunciando la fórmula de abdicación descendió del trono, se ocultó en una habitación inmediata y volvió á mostrarse poco después en simples hábitos de canónigo de Valencia.
Procedieron entonces los cardenales á la elección de un nuevo Pontífice, votando por unanimidad á Otón Colonna, ó sea á Martín V.
Al día siguiente el antiguo Papa con sus cardenales fué á San Mateo, capital del Maestrazgo, donde vivía el cardenal De Foix, y éste, por su parte, en nombre de Martín V, los absolvió de las censuras que les había impuesto el Pontífice romano, admitiéndolos en el gremio de su Iglesia. Gil Muñoz y su pequeña corte entregaron al legado papal las dos joyas más valiosas que los Pontífices de Aviñón se habían llevado de Roma y Benedicto XIII había guardado en Peñíscola: el Líber Censuum, volumen que contenía los títulos de propiedad de la Iglesia, y la famosa tiara de San Silvestre, toda de metal, con círculos de piedras preciosas.
—Esta tiara era cónica, como un embudo invertido. La forma ovoidal que tiene actualmente la tiara pontificia fué inventada cuando la famosa de San Silvestre desapareció para siempre, algunos años después de ser llevada de Peñíscola á Roma. El legado de Martín V la trasladó con gran pompa á la Ciudad Eterna, depositándola en el tesoro de San Juan de Letrán, como un resto glorioso de la supuesta donación de Constantino. Aunque muchos dudaban de tan remoto origen, era tradición que todos los Papas la habían llevado en su cabeza desde los primeros tiempos del cristianismo triunfante. Medio siglo después, entraron ladrones en el tesoro de la Basílica de Letrán, llevándose la histórica tiara, sin que nadie haya sabido más de ella.
Terminadas estas ceremonias de reconciliación, un secretario de Alfonso V, que le había servido de embajador en Roma restableciendo la paz entre su rey y el papa Martín, era nombrado obispo de Valencia, y el legado de dicho Pontífice le colocaba la mitra en la iglesia del castillo de Peñíscola. Este nuevo prelado, Alfonso de Borja, jurisconsulto, hábil en las negociaciones diplomáticas, iba á ser Papa veinticinco años después, con el nombre de Calixto III.
—¿Así empezó la familia Borja su carrera?—preguntó Rosaura.