—Así empezó. Sin las negociaciones de paz que terminaron con la renuncia de Gil Muñoz en Peñíscola, no habría pasado Alfonso de Borja de ser un consejero íntimo del rey de Aragón y de Nápoles. También á Gil Muñoz lo hizo obispo el Papa romano, dándole la mitra de Mallorca.

—¿Y los cardenales que estaban presos en las mazmorras?...

Claudio se apresuró á satisfacer esta curiosidad de la dama, igual á la que podía sentir leyendo una novela.

—Los dejaron libres cuando el legado pontificio tomó posesión del castillo.

Al aragonés Dahe únicamente lo habían encerrado unas semanas, para que no se opusiera á que la reconciliación fuese unánime. El viejo cartujo Bonnefoi parecía un espectro después de su cautividad de tres años en un calabozo de piedra que únicamente tenía un exiguo ventanillo sobre el mar. Estaba demacrado, casi ciego y en una miseria tal, que sus libertadores procuraron que nadie lo viese. Su delito consistía en haberse puesto de acuerdo con Juan Carrier, que protestaba desde Francia, no queriendo aceptar la legitimidad de la elección de Clemente VIII.

—Este Carrier representa una prolongación extravagante del cisma, como sólo era posible en aquella época de agitaciones eclesiásticas é indisciplina general. Hasta los concilios se reunían prescindiendo de los Papas. Todos se consideraban con derecho á buscar la unión de la Iglesia, valiéndose de procedimientos á su modo.

Temiendo que Gil Muñoz lo metiese en un calabozo de Peñíscola si manifestaba francamente su rebeldía, se descolgó Carrier una noche á lo largo de una cuerda, desde lo alto del castillo, y huyó á Francia para refugiarse en el condado de Armagnac. Hizo celebrar por un clérigo, al que llamaba su capellán, la misa del Espíritu Santo, llamó á un notario y á varios testigos para que firmasen un acta, y en nombre propio, ya que á los otros cardenales de Peñíscola los consideraba simoníacos, nombró un Papa, cuya identidad mantuvo oculta.

Este Papa designado por Carrier se supone que fué un sacerdote francés de la Guyena, agregado á la iglesia de Rodez. Durante mucho tiempo guardó en absoluto secreto el nombre del misterioso personaje, mas no por ello disimulaba su existencia, y en los Estados del conde de Armagnac empezó otra vez una guerra de tres Papas, Martín V de Roma, Clemente VIII de Peñíscola y el tercer Pontífice sin nombre, rodeado de un interés novelesco, y en cuya representación hablaba el hombre de Pegniscolette.

Carrier se veía perseguido por los legados de Martín V y al mismo tiempo por el Papa de Peñíscola, que le excomulgó, quitándole el capelo. El conde de Armagnac, Juan IV, que se había mantenido fiel á Luna hasta el último instante, escuchaba al inquieto Carrier y le ofrecía un apoyo para su Pontífice incógnito, igual al que el rey de Aragón había prestado á Benedicto XIII.

Tal era la confusión del conde de Armagnac en tal asunto, que no sabía cómo decidirse á favor de uno de los tres Papas, Martín V, Clemente VIII ó Benedicto XIV, pues éste era el nombre que había tomado finalmente el Papa de Carrier, en honor al Pontífice muerto en Peñíscola. Creía de buena fe dicho conde soberano que el asunto principal del cisma aún se hallaba pendiente, y se le ocurrió un procedimiento infalible para averiguar la verdad.