Juana de Arco había llegado en aquel momento al apogeo de su sorprendente historia. Acababa de salvar á la ciudad de Orleáns, consagrando en Reims á Carlos VII como rey de Francia. Esta humilde campesina que triunfaba de los ingleses y oía «voces» sobrenaturales aconsejándola lo que debía hacer era la persona indicada para disipar las obscuridades del cisma, y por eso Armagnac le envió una carta que decía así:

«Querida señora: Existen tres pretendientes al Papado; uno vive en Roma, se hace llamar Martín V y le obedecen todos los reyes cristianos; otro habita en Peñíscola y se hace llamar Clemente VIII; el tercero no se sabe dónde vive, tan sólo el cardenal de San Esteban y unos pocos más lo conocen, y se hace llamar Benedicto XIV...» Y le pedía que suplicase á Nuestro Señor Jesucristo para que por medio de ella hiciese saber cuál de los tres era el verdadero Pontífice y poder obedecerle.

La célebre doncella de Orleáns recibió esta carta en Compiègne cuando, vestida de hierro, se disponía á montar á caballo al frente de sus hombres de armas. Quedó al principio en suspenso, no sabiendo qué contestar. Sus «voces» jamás le habían hablado de este asunto. Nacida en 1412, había oído conversar, al tener uso de razón, del Gran Cisma de Occidente como de una calamidad ya remota. La resistencia tenaz de Pedro de Luna en Peñíscola preocupó á España, á Italia y á los Estados del Sur de Francia, sin llegar nunca hasta la Lorena, su país. Todo lo más que había podido saber durante sus primeros años era la reunión de un concilio en la ciudad de Constanza. A Muñoz y á Carrier nunca los había oído nombrar.

Con el deseo de no mostrarse descortés dictó una respuesta al conde de Armagnac, diciendo que por el momento estaba ocupada en hacer la guerra; pero luego de su triunfo definitivo, cuando volviese ella á París, podía enviarle otro mensajero. Entonces le haría saber con certeza á quién debía seguir, «según el consejo de mi director y soberano dueño, el rey del mundo».

—Todo esto—dijo Claudio—, que visto desde nuestra época resulta algo pueril, sirvió como nueva arma á los perseguidores de la extraordinaria Juana, los cuales la acusaron, antes de quemarla en Rouen, de haberse mezclado en la vida interior de la Iglesia, dudando de la legitimidad de Martín V y prometiendo declarar en un plazo determinado quién era el verdadero Papa. Su cortesía, que la impulsó á contestar una carta, fué explotada como nuevo argumento para hacerla perecer en un brasero.

Rosaura y Claudio empezaron á pisar la arena de la playa. Junto á la puerta de piedra con el gran escudo de Felipe II esperaban los dos nuevos amigos de Borja. Habían hecho todo lo necesario para que pudiesen comer en el istmo. Un viejo marinero, experto en guisos de pescado, estaba trabajando para ellos dentro del parador.

En vano Rosaura insistió en invitarlos. Su timidez y su cortesía los impulsaban á alejarse. Eran las doce, y en sus casas les esperaban para comer. Volverían después; todo lo dejaban bien preparado. Y se alejaron en compañía del alcalde, que había hecho igualmente una corta aparición para convencerse de que nada faltaba á los forasteros.

Al quedar solos, juzgó Rosaura preferible comer en mitad de la lengua arenosa, lejos del lavadero, cuyas piedras olían á jabón fuerte, lejos también del parador con sus carros detenidos ante la puerta y su establo lleno de caballerías, que se azotaban incansablemente con la cola para espantar los insectos.

Avanzó el automóvil hasta la parte media del arenal, quedando junto á una fila de barcas negras de brea, con el mástil un poco inclinado hacia la proa. La silenciosa chiquillería de la población había desaparecido. Aquí se vieron rodeados por los hijos de los pescadores, grumetes de piel tan bronceada, que parecían salidos de una toldería indígena de América; «gatos de barca» con el pantalón á media pierna, camiseta rayada y una gorra vieja con visera, todos de ojos ardientes, voz ronca y la fuerte dentadura obscurecida por el tabaco.

Empezaron pidiendo cigarrillos á Borja. Era para ellos el mejor regalo que puede recibir un mortal. Luego Claudio cometió la imprudencia de arrojarles unas pesetas, y la playa silenciosa se estremeció con estruendos de pelea. Los pescadores y sus mujeres se habían retirado á sus casas para comer. Sólo quedaba en el arenal la chiquillería de la flota de Peñíscola, en plena libertad, y comenzaron á batirse entre ellos, disputándose á golpes la posesión de las monedas.