Se empujaban en su furia, cayendo arracimados sobre aquella pareja de señores generosos. Semejantes á los árabes, consideraban el título de «tío» como el más honorífico que puede darse á una persona digna de respeto, colgándose muchos de ellos del brazo del «tío» para agarrarle las monedas antes de que saliesen de su mano.

—¡Tía, á mí!... ¡A mí, tía guapa!

Y Rosaura les arrojó igualmente puñados de pesetas, riendo al ver cómo rodaban por la arena, agitando pies y manos. Uno de ellos echó varios zarpazos á su diestra, rasgando el guante que la cubría, clavando en ella sus uñas; tan grande era su impaciencia.

—¡Ah, demonio! ¡Toma, toma!...

Corrió detrás de él dándole cachetes, pero éstos equivalían á una caricia para aquellos pequeños delfines, y volvieron á rodearla, gritando: «¡A mí! ¡A mí, tía!»

Tan grande fué el alboroto, que atrajo la intervención de la autoridad, sentada á la puerta del parador, con su gorra dorada y su bastón de borlas negras. Otra vez vió Rosaura al alguacil, pero ahora los enemigos del orden eran menos obedientes y más talludos que los chiquillos que la habían seguido por las calles de la población.

Repartió unos cuantos golpes con la vara de justicia, y los «gatos de barca», al recibirlos, procuraron ocultar su dolor saltando y riendo, mientras gritaban: «¡No me ha hecho daño!... ¡no me ha hecho daño!» Al fin, cansados de aguantar palos y fingir insensibilidad, fueron alejándose en diversos grupos, según sus amistades, haciendo cada cual el recuento de las pesetas conquistadas.

Ya no los vieron más que desde lejos, atisbándoles panza abajo, detrás de las barcas, por si se repetía el derrame metálico, sin atreverse á nuevos avances, como si el alguacil hubiese trazado con su bastón en torno á los forasteros un infranqueable tabou.

Al quedar solos Rosaura y su acompañante, admiraron la bravía hermosura de esta playa, tan distinta á las que habían conocido en sus viajes veraniegos. Junto al límite de las últimas ondulaciones, donde la arena conservaba la humedad con brillo de espejo, vió saltar la dama un sinnúmero de insectos pequeños, blancos, casi transparentes. Eran las llamadas pulgas de mar.

Varias barcas se movían ancladas á corta distancia del istmo. Otras se iban deslizando por el límite del horizonte con sus velas de ala de gaviota. Ella admiró la placidez de este panorama marítimo, su silencio meridiano.