No había en toda la lengua de arena otros seres que ellos dos y el chófer. El suelo brillaba como polvo de oro bajo la luz vertical del sol. Temblaban las líneas de los objetos á causa de la evaporación de la arena. En este silencio se transmitían los menores ruidos á inauditas distancias. La caída de un remo, los gritos procedentes de las calles de la población, un carro lejanísimo marchando por los caminos de las marismas, adquirían á esta hora solar una sonoridad más extraordinaria que la de las horas nocturnas.
—¿Y fué en este sitio tan hermoso donde quemaron al fraile que quiso matar al papa Luna?—preguntó Rosaura.
Sí; aquí habían quemado al fraile por «envenenador y nigromante», como le llamaban en el proceso. Viciana, historiador del siglo XVI, aún había visto en dicho arenal un mojón de cal y canto marcando el lugar del suplicio.
—Ahora no queda ni memoria del rústico monumento expiatorio. Peñíscola ha sufrido tres sitios, que modificaron sus alrededores.
Al oir que la rica señora envidiaba la existencia de estas gentes de mar, Borja habló de las tempestades que pasan sus olas de un lado á otro del istmo, obligando á los barcos de Peñíscola á refugiarse en los puertos inmediatos de Benicarló y Vinaroz. Muchas veces la tormenta no les daba tiempo para guarecerse, y se mantenían haciendo frente á la tempestad, lo que originaba numerosos naufragios. ¡Cuántos de estos grumetes que gritaban «¡Tío, á mí!» acabarían muriendo ahogados!...
La llegada del alguacil con el marinero que había guisado la comida interrumpió su conversación. Colocaron una mesa y dos sillas sobre la arena, á corta distancia de donde venían á extinguirse las últimas ondulaciones en delgadas curvas semejantes al cristal. Una vela tendida entre dos barcas les daba sombra.
Admiró la dama esta rústica instalación, y su entusiasmo fué en aumento al volver el marinero con una gran fuente ocupada toda ella por una pirámide de langostinos asados. Nunca los había visto tan enormes, ni pudo sospechar que dicho marisco poseyera tal perfume. Surgía de ellos un olor semejante al de las violetas.
Dió el guisandero explicaciones en valenciano, rogando á Borja que las tradujese á la señora. Hablaba con desprecio de los miserables cocineros de tierra firme, dignos de toda clase de tormentos, que hierven la langosta y los langostinos, dando á su preciosa carne un sabor de ropa mojada. Los cocineros de mar saben que estos animales preciosos sólo deben servirse asados ó fritos. Su olor y su sabor se concentran con la acción directa del fuego.
Estos langostinos de caparazón delgadísima podían comerse enteros á pesar de su tamaño extraordinario. Sus patas y envolturas crujían fácilmente bajo los dientes, confundiéndose con la carne firme y sabrosa oliendo á flor.
Como Rosaura había pasado la mitad del día sin otro alimento que el café tomado en Tarragona, empezó á comer ávidamente. Se acordaba del almuerzo en la fontana de Vaucluse y del otro, no menos agradable, en el Puerto Viejo.