—Este es mejor, Borja. Su bouillabaisse de Marsella no puede compararse con el plato que acaban de traernos. Sabe usted obsequiar magníficamente á sus amigos; lo reconozco.

Tuvo que moderar él su entusiasmo, hablando de los peligros de un atracón. La primera vez que estuvo en Peñíscola quedó tan ahito de langostinos, que al volver á Madrid no pudo soportar en varios meses su vista y su olor. Luego señaló un lugar de la costa donde se esbozaban las blancuras del caserío de Vinaroz.

Rosaura no ignoraba seguramente quién había sido el duque de Vendôme. Ella movió la cabeza sin dejar de comer. Conocía la plaza Vendôme en París y la rue de la Paix inmediata. Allí estaban los joyeros, los costureros y hasta los zapateros de gran lujo que la tenían por clienta.

—Pues en aquella población que usted ve murió el mariscal Luis de Vendôme, soldadote grosero, pariente de los reyes de Francia, general de vida licenciosa, aborrecido por su primo Luis XIV, el cual tuvo, sin embargo, que mantenerlo al frente de sus ejércitos, porque algunas veces conseguía victorias ruidosas no obstante sus descuidos. Al dirigir la guerra de Sucesión en España, se quedó en Vinaroz con su corte especial de rufianes y rameras que le acompañaba á todas partes. Nada tenía que hacer en esta costa, pero se instaló en ella por los langostinos solamente, y una indigestión lo mató en pocas horas.

Su tumba, con inscripciones enfáticas en latín, la había visto Borja en la iglesia de Vinaroz, pero no contenía ya más que sus entrañas. Su cuerpo lo habían llevado al panteón de Infantes en El Escorial.

Claudio no consiguió aterrarla con este ejemplo. Por una sola comida no iba á morir como el glotón Vendôme. Y sólo abandonó la enorme fuente de langostinos al ver que el marinero llegaba con otra semejante, provocando sus protestas y las del joven español. ¿Cómo podrían devorar este nuevo envío, más que suficiente para todos los huéspedes de un gran hotel?...

Quedaron tan hartos que apenas pudieron probar los otros platos traídos por el guisandero, todos bien especiados, con arreglo á la gastronomía marinera, para que despertasen en el paladar un deseo continuo de beber.

Explicó Borja la procedencia del vino de color granate obscuro colocado sobre la mesa. Llevaba el nombre de la vecina ciudad de Benicarló. En los últimos tiempos de la navegación á vela, bergantines y fragatas lo cargaban para América, vendiéndolo especialmente en Buenos Aires. Era el vino llamado en la Argentina «Carlón», del que había oído hablar Rosaura á sus abuelos; el único que gustaba á los viejos criollos, haciéndoles dar este nombre desfigurado de Benicarló á todos los vinos tintos llegados al país.

Ya no hizo más viajes el guisandero, luego que hubo dejado sobre la mesa una cafetera llena hasta los bordes de líquido denso, intensamente negro, con tanta achicoria como café, tal como les gusta á las gentes de mar.

Conversaron los dos sobre lo que podían hacer aquella misma tarde. Borja consideraba conveniente ir á pasar la noche en Castellón, capital de la provincia, donde encontrarían hoteles cómodos y limpios. El viaje no era largo. En menos de dos horas podían llegar á dicha ciudad, aunque el camino estuviese en mal estado. Además, las noches eran de luna. Ella diría al día siguiente lo que pensaba hacer; si seguir hasta Valencia, adonde iba él, ó regresar á París después de haber satisfecho su curiosidad de conocer Peñíscola.