—No sé—contestó Rosaura con voz de cansancio—. Me parece bien que vayamos á esa ciudad que usted dice... Pero ya que nos queda tiempo, quisiera dormir un poco. He comido tan bien, que siento ahora sueño... mucho sueño... ¡Me levanté tan temprano!...

Quiso dormir en el arenal, acariciada por la frescura del mar. Recordó las veces que había hecho lo mismo siendo niña, en sus excursiones por las estancias, á la sombra de un ombú todo leña, envuelta en un poncho y la cabeza reclinada en los jaeces de su caballo, mientras éste iba pastando libremente.

Interrumpió el chófer su gran banquete de mariscos para traer el asiento mayor del automóvil, que iba á servir de cama á la señora, otro más pequeño como almohada y una manta de viaje. Ella se tendió en este lecho improvisado, incorporándose dos veces para convencerse de que en tal postura no dejaba descubierta ninguna intimidad de su cuerpo.

Borja, sin abandonar su asiento, dormitó un poco con los codos apoyados en la mesa.

La exagerada abundancia de comida atrajo á varios perros. Devoraban los grandes langostinos caídos en la arena como si fuesen desperdicios sin valor alguno. Lamían en silencio las salsas picantes de los platos. Husmeaban despectivamente las frutas del país que habían rodado de la mesa.

Despertó el joven presintiendo la proximidad de alguien que le contemplaba mientras dormía. Sus dos amigos de Peñíscola, después de muchas vacilaciones y de pasear el istmo de un extremo á otro, habían acabado por acercarse.

El primer movimiento de Claudio fué mirar hacia donde estaba la señora de Pineda, con una inquietud celosa, temiendo que se hubiese destapado durante su sueño. Seguía envuelta en la manta de cintura abajo y su busto se movía acompasadamente con el ritmo de una respiración tranquila.

Eran más de las tres de la tarde; mejor dicho, faltaba poco para que diesen las cuatro. Borja les habló del equipaje que dejaba en su alojamiento de Peñíscola, rogando que se lo enviasen á Castellón por ferrocarril.

Mirando el cielo y el mar, le pareció que debía ser más tarde que la hora indicada por sus amigos. Se había adormecido en pleno sol, bajo un cielo azul, procurando mantenerse á la sombra de la vela. Ahora el mar era gris, las nubes cubrían las montañas y el sol estaba oculto, como si ya hubiese empezado á iniciarse el crepúsculo.

Llegó el alcalde hacia ellos, con su paso balanceante de patrón de barca.