Miró á un lado y á otro, cual si husmease el tiempo, y movió su cabeza. Luego creyó oportuno dar un consejo:
—Don Claudio, si piensan ir á Castellón, váyanse pronto. El cielo amenaza tormenta.
V
¡Santa Bárbara bendita!...
Volvió el automóvil á cabecear en el camino de las marismas, dando saltos violentos sobre sus muelles. Atravesaron Benicarló siguiendo la carretera que va á Castellón y Valencia. Eran las cinco de la tarde y parecía que estuviese próximo el anochecer.
Dudaba Borja sobre la conveniencia de continuar el viaje, pero su compañera se mostró más animosa, en vista del buen estado del camino. Mucho antes de que cerrase la noche habrían llegado á Castellón. Y siguieron adelante.
Quince minutos después les inmovilizó un ligero incidente. Una de las ruedas había sido atravesada por un clavo perdido entre el polvo de la carretera.
Mientras trabajaba el chófer, hablaron de los inconvenientes de la más moderna de las locomociones terrestres. El ferrocarril parecía haber librado para siempre á los viajeros de las aventuras del camino, cuando el descubrimiento del automóvil volvía á ponerlos en contacto con los vagabundos y los carreteros, con las malas posadas y las pésimas comidas, resucitando rudezas é incomodidades de otros siglos. El automóvil más caro y lujoso, al avanzar desafiando al tiempo y el espacio, perdía su fuerza de bestia mitológica con deplorable facilidad. Bastaba un clavo herrumbroso desprendido de la herradura de un asno, para que se inmovilizase en mitad de un camino con desmayo de fiera herida. Marchando á gran velocidad, el mismo clavo miserable hacía estallar una rueda, produciendo el vuelco mortal.
Empezaron á caer gotas de lluvia, trazando hondos redondeles en el polvo de la carretera. Los dos volvieron á meterse en el carruaje, mientras el chófer daba fin á su reparación.
Para distraer Rosaura el mal humor que despertaba en ella este accidente, quiso hacer hablar á su compañero.
—¿Y Juan Carrier?... No me ha contado usted en qué paró este imitador de Benedicto XIII.