—El cardenal de San Esteban terminó sus días obscuramente en el castillo de Foix. En 1433 se había dejado aprehender por los señores del Langüedoc, obedientes á Martín V, aburrido de su resistencia ineficaz. Murió en un calabozo, sin retractarse, firme en su protesta contra el Papa de Roma, y por haber sido excomulgado lo sepultaron sin ceremonia al pie de una roca. No por ello terminó el cisma completamente. Desaparecido Carrier, persistió una secta llamada de los Traîners, con numerosos adeptos en las tierras del conde de Armagnac, los cuales, pasado medio siglo, todavía esperaban el triunfo del misterioso Benedicto XIV, que nadie sabía quién era, y su entrada solemne en Roma.
Recordó Borja á cierto clérigo de Toledo, algo exaltado en sus opiniones, que le había hecho conocer un gran secreto. Carrier y el Papa elegido por él dejaban reglamentada la sucesión del verdadero Pontificado, y éste venía prolongándose á través de los siglos, manteniendo las tradiciones de Aviñón y de Peñíscola. El grupo de fieles que hacía funciones de Colegio cardenalicio se reunía en el misterio, como una sociedad secreta, para nombrar al Santo Padre.
—El último Papa, según me dijo el clérigo toledano, fué un canónigo de Tolosa, y por regla general todos los Pontífices secretos eran franceses... Yo no lo creo, pero reconozco que sería muy interesante la existencia de esta Iglesia misteriosa dentro de la Iglesia universal, de estos Papas anónimos sucediéndose durante cinco siglos, en espera del momento propicio para apoderarse en Roma de la Santa Sede y restablecer el curso de la antigua legitimidad atropellada.
Rodó otra vez el automóvil, pero bajo una lluvia torrencial que iba esfumando el horizonte y no dejaba ver más allá de unas pocas docenas de metros. El hermoso vehículo perdió en un instante su lujosa brillantez. Los vidrios quedaron empañados con el vaho de la lluvia, cortando á trechos su opacidad el deslizamiento de las gotas. Se había convertido el polvo calizo de la carretera en un barro blancuzco que salpicaba el carruaje con manchas semejantes á las del yeso. Era la tormenta rápida y brutal de las orillas del Mediterráneo.
Este cielo extremadamente obscuro hizo recordar á Rosaura las lluvias de Buenos Aires prolongándose durante horas y horas, haciendo gritar con sus latigazos claraboyas y techos de cinc, bajo un cielo tan negro que los vecinos tienen que encender luces en plena mañana.
También aquí, en esta tierra de sol, la lluvia caía de golpe, en masas más que en regueros, como si el cielo fuese un lago desfondado. Una obscuridad semejante á la de los eclipses solares parecía enlutar los campos.
El chófer, desconocedor del camino y cegado momentáneamente por la lluvia, hacía marchar su enorme vehículo con cierta lentitud. Resbalaba éste en las curvas rápidas, no esperadas por su conductor. Rosaura empezó á arrepentirse de su decisión.
—Reconozco que hemos hecho una tontería no quedándonos en esa ciudad inmediata á Peñíscola.
Contestó Borja haciendo gestos afirmativos; pero la dama, con repentino optimismo, empezó á burlarse de sus inquietudes. En peores trances se había visto al viajar por Europa. ¡Adelante! La lluvia tal vez terminase pronto. En los países de clima dulce estas tormentas son estruendosas y rápidas, algo semejante á los arrebatos de cólera, tardíos pero temibles, de las personas bondadosas.
No encontraban á nadie en el camino. Los campos y las casas inmediatas á la carretera parecían no haber tenido nunca habitantes.