Rosaura pegaba su rostro á un cristal para convencerse de que el camino seguía al nivel de los campos ó por encima de ellos. Mientras fuese así, no sentía inquietud. Lo temible iba á presentarse si la carretera se deslizaba por terrenos bajos... Y esto fué lo que ocurrió media hora después.

Vieron ante ellos una especie de río de aguas rojas; una laguna prolongadísima, con pequeños islotes de barro. Era el camino. Hubo que seguir por él, confiándose á la suerte, no sabiendo lo que las ruedas podían encontrar en el fondo de la turbia superficie que se deslizaba en pequeñas ondulaciones, atraída por otros terrenos más bajos.

Resultó grotesco y triste el avance de la poderosa máquina por este camino acuático. Se inclinaba el vehículo como si fuese á volcar. Unas ruedas se remontaban sobre obstáculos ocultos, mientras las opuestas se hundían. Otras veces quedaba inmóvil, clavado en el fango invisible, y era preciso apelar á su mayor fuerza para que siguiese adelante, dando rugidos de cansancio.

—¡Qué camino!—exclamaba ella—. Y esto va á ser interminable... No se le ve el fin.

Contrastando con la suciedad de la corriente fangosa, extendían los naranjales, á ambos lados del camino, sobre taludes de tierra carmesí, sus bolas verdes y enormes moteadas de azahar. Por encima de la arboleda perfumada se veía, lejanísimo, un campanario con montera de tejas verdes y azules.

Azotaba la lluvia con violencia creciente el techo del vehículo. La luz era de un gris sucio y opaco. Iba desapareciendo el paisaje, cual si cayesen sobre él nuevos telones de neblina. En algunos fosos invisibles se hundió el coche de tal modo, que el agua empezó á entrar por debajo de sus portezuelas.

—¡Esto no puede ser!...—seguía protestando Rosaura—. ¡Ay, si llegásemos á ese pueblo del campanario lindo!...

Experimentó el automóvil una sacudida más brusca. Los dos no oyeron en realidad nada extraordinario; los latigazos de la lluvia sobre el techo hacían zumbar sus oídos; pero ambos tuvieron la percepción de que algo se había roto con un chasquido de hierro que se parte.

Algo faltó, efectivamente, en el funcionamiento del vehículo. Siguió avanzando, pero con un movimiento cabeceante de buque sin rumbo. El chófer, al mismo tiempo que manejaba con una energía convulsiva la rueda de la dirección, hizo gestos reveladores de su impotencia. Adivinaron que su esfuerzo resultaba inútil; el automóvil no le obedecía, marchando al azar.

Así hubiese continuado por el centro del arroyo, pero el conductor, con sus últimos esfuerzos, consiguió ladearlo, y fué á chocar contra uno de los taludes, clavando su trompa en el fango rojo.