Los dos viajeros casi dieron con sus cabezas en los vidrios de enfrente, y una vez repuestos de la sacudida se miraron indecisos: «¿Qué hacer ahora?»
Sentíanse miserables y desarmados bajo la tormenta, en un camino desconocido, con el horizonte cerrado por la lluvia, entre dos murallas de tierra y plantas espinosas, sobre cuyos bordes asomaban los campos de naranjos. Nada quedaba en ellos de los viajeros de una hora antes, seguros de su fuerza para vencer la distancia y acortar el tiempo.
Borja se echó fuera del carruaje, hundiéndose en el agua que corría por el camino. Casi instantáneamente, empezó á chorrear su rostro y sintió descender por su pecho fríos raudales.
Había adivinado el chófer la causa de este accidente y la explicó con cierta confusión, como si fuese culpa suya. Acababa de romperse uno de los muelles delanteros. Imposible seguir adelante. Si intentaba avanzar, el vehículo, falto de dirección, iría otra vez contra un ribazo ó un árbol, con peores consecuencias. Tampoco era posible repararlo bajo la lluvia, en aquel lugar inundado. El señor Borja y la señora debían buscar un refugio, sin preocuparse de él. Su deber era quedarse en el automóvil.
Claudio, saltando sobre el agua corriente y los islotes de barro, encontró un camino transversal que subía hasta el nivel de los campos. Lo remontó encorvado bajo la tormenta, viendo á corta distancia, entre naranjales, una casita que debía ser blanca en días serenos, y ahora era gris por la humedad. Una de sus ventanas estaba entreabierta, asomándose á ella las caras curiosas de tres niños.
Desaparecieron como si les asustase la presencia del forastero, y en el lugar que dejaron vacío se mostró una mujer llevando pañuelo obscuro en su cabeza, blanca de tez, á pesar de la curtimbre del sol, carillena, con una seriedad monjil en sus ojos dulces y su boca de labios apretados.
—¡Bòna dòna!... ¡bòna dòna!—exclamó Borja en valenciano, como si pidiese socorro á la «buena mujer».
Ella hizo un gesto afirmativo adivinando su petición y abandonó la ventana para abrir inmediatamente la puerta de la casa. Luego quedó inmóvil bajo su dintel, colocándose ambas manos en forma de bóveda sobre sus ojos para librarlos de la lluvia.
Claudio volvió corriendo al vehículo, en busca de Rosaura.
—¡Nos hemos salvado! Va á resultar terrible para usted ir hasta la casa, pero no hay otro remedio.