La ayudó á descender del carruaje, guiándola en sus saltos sobre el barro y el agua para llegar hasta el camino del naranjal. En vano pretendió llevarla en sus brazos.
—No podrá, Borja. Peso más que usted cree. ¿Y qué va á evitar con ese esfuerzo, que ya resulta inútil?
Se convenció el joven al mirarla. ¡Miseria humana! En un instante la majestuosa Venus se había convertido en una pobre mujer, igual á las de las tribus prehistóricas, víctimas de todos los ultrajes de la Naturaleza. La lluvia la había envuelto sin ningún respeto, bastando unos segundos para que su cabellera, en desmayadas mechas, expeliese gotas por debajo del gorro de viaje, mientras otras gotas se iban desprendiendo de la punta de su nariz. Sentía bajar el agua en fríos regueros desde su cuello á sus pies. Éstos se habían hundido en el barro y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no perder sus zapatos.
En mitad del camino rojo que ascendía á la casa sintió descalzo uno de sus pies. Borja quiso arrodillarse para ponerla el zapato, pero ella lo tenía ya en una mano y siguió marchando sin más que la media de seda, recibiendo salpicaduras de fango en lo alto de sus piernas.
—¡Qué horror!... ¡qué tristeza!—murmuraba al avanzar, compadeciéndose á sí misma por su aspecto cada vez más deplorable.
Los hizo entrar apresuradamente en su casa la buena mujer. Una cocina servía de habitación común, ocupando la mayor parte del edificio; otra pieza era un dormitorio matrimonial, y la tercera, más exigua, á juzgar por sus camas, estaba ocupada por los tres niños. Todo ofrecía un aspecto de pobreza limpia, de mediocridad campesina, respetuosa, obediente, resignada á cultivar la tierra ajena.
—Pasen—dijo la mujer en valenciano—. Pasen usted y su señora. Voy á encender fuego.
Al poco rato ardía en la chimenea una fogata improvisada y defectuosa, como ocurre casi siempre en los países de sol, donde el frío resulta un accidente terrible y pasajero. La leña era de naranjo y no estaba seca. Sus troncos chirriaban con burbujeamientos de savia y de goma. Las llamas eran de un rojo obscuro, con más humareda que luz.
Enfriados por la lluvia que empapaba sus ropas y aún corría por sus carnes, se aproximaron los dos viajeros á esta fogata con una delicia animal, poniendo sus manos y sus pies junto á las llamas, como si deseasen sentirse quemados.
Dió explicaciones la mujer, siempre en valenciano, mirando á Rosaura, como si ésta pudiese entenderla. Sus niños habían visto venir el automóvil por el camino hondo. En días de tormenta les gustaba contemplar el campo mojado y reluciente. Ella vivía sola, es decir, con sus tres hijos y con el abuelo de ellos, que estaba casi ciego y desvariaba algunas veces.