Su marido había muerto aún no hacía un año. La viuda continuaba en la pequeña propiedad, esforzándose por cultivarla lo mismo que el difunto, pero no sabía si el dueño de la tierra querría prorrogar el arriendo.
—¡Ay, señora! Felices las que tienen vivo á su marido para que corra con la dirección de la casa.
Y miró á Rosaura, que empezaba á adivinar confusamente lo que decía en aquella lengua, ininteligible para ella.
—Nos toma por marido y mujer—dijo á Borja en un momento que la viuda se ausentó.
Reía de la suposición, considerándola graciosamente absurda.
—Déjela—contestó Claudio, sonriendo también—.Esta pobre sólo puede imaginar casados á un hombre y una mujer que viajan juntos. No la saque de su error. ¡Quién sabe si nos retiraría su estimación al saber que no somos un matrimonio, poniéndonos en la puerta, bajo la lluvia!... Fíjese en lo que nos rodea.
La viuda había colocado sobre la mesa un velón de bronce de cuatro picos, encendiendo las cuatro luces, lujo que nunca habían visto sus hijos, agrupados junto á la lumbre, mirando tímidamente á estos extranjeros traídos por la tempestad.
Borja mostró á Rosaura dos cuadros que adornaban la cocina, rabiosamente coloreados, procedentes de la primera época de la reproducción al cromo. En uno de ellos se mostraba Jesús, dulzonamente hermoso, con la barba y la cabellera untuosas, como si exhalasen un perfume inolfateable, abriéndose las vestiduras y enseñando en mitad del pecho un corazón rodeado de llamas. En el otro vieron á un hombre moreno y barbudo, con boina blanca, capa roja, el collar del Toisón de Oro sobre el pecho de su levita azul y ambas manos apoyadas en un sable de caballería. Era el pretendiente don Carlos, aspirante á rey absoluto, por el que se habían batido medio siglo antes la mayor parte de los hombres de esta tierra del Maestrazgo. Las dos estampas estaban algo obscurecidas por el tiempo y las motas que habían ido depositando las moscas sobre su barniz.
Volvió poco después la animosa viuda, quitándose de la cabeza un saco de arpillera que había contenido abono para sus naranjos y llevaba ahora colocado en forma de capuchón.
Venía de hablar con el chófer en el camino hondo. En vano le había rogado que abandonase el automóvil. Podía dormir en el pajar de la casa; nadie vendría á robarle su carruaje; la gente de los alrededores era buena. Pero el mecánico se negó con la tenacidad escandalizada del que escucha una proposición contraria á su deber. Debía mantenerse allí, y únicamente solicitaba de la señora que le permitiese cabecear durante la noche un inquieto sueño en el interior del carruaje.