Después de estas noticias que sólo Borja podía entender, empezó á ocuparse de la cena de los viajeros. Ofreció á Rosaura ropas interiores guardadas en un armario de su dormitorio. Eran gruesas, pero muy limpias y perfumadas con romero. Tal vez molestarían á la señora, acostumbrada á prendas de mayor finura, mas ella lo ofrecía todo de buena voluntad.

Acariciada por el fuego, que la iba entibiando interiormente, se negó Rosaura á aceptar esta oferta, traducida por Claudio. A la mañana siguiente tendría secas sus ropas, y pensaba acostarse lo antes posible si la dueña de la casa le cedía una cama que había entrevisto al quedar abierto por breves momentos el dormitorio más grande.

Tuvieron que aceptar los dos todas las atenciones de una hospitalidad á uso antiguo, que se preocupaba ante todo del estómago de sus huéspedes. En vano recordaron su hartazgo de mediodía. La viuda insistió: «Siempre es bueno comer, sobre todo después de una mojadura.»

Sus dos hijos mayores, llevando también en sus cabezas sacos de abono en forma de capuchón, salieron de la casa, satisfechos de poder marchar bajo la lluvia. Iban á otra vivienda de las inmediaciones, donde la madre conocía la existencia de un jamón salado y blanducho, llamado «pernil» en el país.

Un nuevo personaje se movió en la cocina: el padre del difunto, llamado por todos «el Agüelo».

La edad y el hábito de encorvarse sobre la tierra años y años para cultivarla habían doblegado su cuerpo. Era enjuto, con abundantes arrugas concéntricas alrededor de ojos y boca. Sus pupilas, amarillentas y lacrimosas, tenían la fijeza de la ceguedad. Saludó á los forasteros en castellano, pronunciando lentamente sus palabras con un acento algo grotesco. Y satisfecho de haber dado esta muestra de su sabiduría, fué hacia la puerta, entreabriéndola.

—Llueve—dijo con tono de oráculo—; llueve, y pronto va á tronar.

Admiró Borja la adivinación de este hombre falto de vista. Una segunda tormenta se iba aproximando. Sobre el horizonte gris y brumoso por la lluvia avanzaban nubes intensamente negras, cortadas por el zigzag de lejanas exhalaciones.

Volvieron los niños, con el «pernil» envuelto en papeles mojados, y la madre fué arrojándolo á trozos en una sartén que empezaba á chirriar sobre el fuego.

—Usted y su señora deben comer algo, para entrar en calor—insistió la mujer—. También guardo un vino rancio de mi pobre marido.