Era ya completamente de noche. Una de las ventanas, que sólo tenía cerrados los cristales, se iluminó con lívido resplandor, y á continuación sonó un trueno. La viuda se apresuró á cerrar las maderas de la ventana, abandonando la sartén.

—¡Qué noche nos espera, Señor!—dijo, juntando sus manos como si empezase una oración—. En esta época las tormentas son las peores del año.

Se vieron obligados los dos huéspedes á sentarse ante la mesa, cubierta con grueso mantel. Platos de loza del país, fabricada en Alcora, se mostraban flanqueados por tenedores de madera y pedazos de pan de corteza obscura y miga amarillenta hecho en la casa. El jamón blanducho se había endurecido con la fritura del aceite; pero era tan salado, que ambos tuvieron que beber el vino del difunto para refrescar sus paladares. Este vino grueso y áspero, abundante en alcohol, los reanimó con momentáneo calor.

Rosaura se imaginaba haber entrado en un «rancho» de su país, huyendo del mal tiempo. La necesidad la obligó á resignarse á una atmósfera cada vez más densa de humo de leña verde y olor punzante de aceite frito. Los objetos parecían esfumarse á través de esta niebla. Hizo esfuerzos para reprimir su tos y se pasó varias veces el pañuelo por los ojos. Así debió ser la vida en las viviendas de la Pampa durante los tiempos coloniales.

Con gusto habría salido de la casa; pero fuera arreciaba la lluvia y los truenos eran cada vez más frecuentes. Sonó uno encima de la techumbre, viéndose antes su eléctrico fulgor á través de las rendijas de las ventanas. La viuda volvió á juntar sus manos, implorando con voz temblorosa:

Santa Bárbara bendita,
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita...

Esta oración la había aprendido cuando empezaba á balbucear y era el resultado de varios siglos de experiencia devota. Bastaba decir tales palabras para que el rayo se alejase, por la intervención de la santa invocada.

El abuelo se acercó lentamente á la mesa, con la humildad de un can que aprovecha las sobras, y sus manos titubeantes buscaron los pedazos de jamón frito, cesando de hablar para engullirlos. También se apoderó de aquel vino que su nuera sólo dejaba salir á la mesa en días extraordinarios.

Al atardecer había comido su cena frugal de siempre; pero ya no se acordaba de ella, seducido por el olor de esta otra que parecían despreciar los ricos huéspedes. La viuda olvidó un momento su miedo á la tempestad, para imponer respeto al viejo, tratado por ella como si fuese un niño más en la casa.

—¡Agüelo, no moleste á estos señores!—dijo con voz dura.