Se indignó el cegato ante la suposición de que «los señores» pudiesen escucharle con molestia. Tenían mucho gusto en oirle. Les estaba contando cosas que no podían haber visto, por ser jóvenes.

Hablaba y hablaba como si reanudase un relato empezado muchos días antes, sin percatarse de que sus oyentes eran nuevos. La nuera había escuchado un sinnúmero de veces la misma historia. Sus tres hijos miraban á los forasteros con ojos soñolientos. El más pequeño se apelotonaba contra su madre cada vez que la casa empezaba á temblar bajo el estrépito de la tormenta. Tampoco prestaban atención á lo que decía su abuelo.

—... Y entonces, al cercarnos los liberales, ya saben ustedes, los soldados del gobierno de Madrid, don Pascual nos dijo: «¡Arriba, muchachos! ¡Viva la religión!» Y nos abrimos paso, no parando hasta Morella.

Borja dió explicaciones en voz baja á Rosaura. Este don Pascual era un escribano del vecino pueblo de Alcalá de Chisvert, un cabecilla carlista, apellidado Cucala, que había sostenido la última guerra civil en el Maestrazgo, llevando á sus órdenes gran parte de la juventud rústica del país. El viejo era uno de sus partidarios todavía vivientes.

Avanzaba con cierto titubeo á través de sus recuerdos, evocándolos sin ilación:

—Si hablo bien el castellano, es porque hice la guerra y vi muchos países. Estuve en Aragón y en otras partes, donde las gentes no hablan como aquí... Yo llevaba en el pecho un escapulario con el Corazón de Jesús y un letrero que decía: «Detente, bala...» Y nunca me tocó una bala, ni un arañazo siquiera. Otros llevaban el mismo escapulario y murieron; pero, como me explicó un capellán que venía con nosotros, eran hombres perversos, que el Señor no iba á proteger después de tantos pecados.

Su nuera le interrumpió con inquietud, temiendo tal vez que su charla incesante pudiese atraer el rayo.

—¡Calle, agüelo! ¡Calle y rece!

Repitió esta recomendación incongruente como si para ella el rezo sólo pudiera ser en silencio. Se veía que la pobre viuda oraba así por un leve movimiento de sus labios. Cuando un trueno era más fuerte y horrísono, levantaba la voz, repitiendo su invocación á Santa Bárbara.

Calló definitivamente el vejete, como si produjese un efecto narcótico en su interior aquel vino admirado. Los dos forasteros también permanecían en silencio. Después de pasada la primera excitación de esta aventura de viaje, parecían deprimidos por el cansancio.