Interrumpiéndose á cada trueno, empezó la viuda á dar explicaciones sobre el modo de pasar todos la noche. La casa era pequeña y había que resignarse á su exigüidad. Desde la muerte de su esposo, ella dormía sola en la habitación matrimonial; los niños se acostaban en la otra pieza; el abuelo se arreglaba una cama con pieles de cordero y mantas en el banco de ladrillos de la cocina. Viviendo su hijo, hacía lo mismo. Le placía dormir así porque le recordaba sus tiempos juveniles, cuando iba con don Pascual.
Esta noche la viuda no tendría más que trasladarse al cuarto de sus hijos, cediendo á los señores su habitación. Y levantándose, abrió la puerta de dicha pieza, viéndose sus paredes blancas de cal, unas cuantas estampas de santos, y la cama, que era el mejor mueble de la casa, enorme, hinchadísima por numerosos colchones, dando, sin embargo, á los ojos, una sensación de compacta dureza.
Mientras desaparecía en el interior del cuarto para convencerse de que todo estaba en orden, Rosaura salió de su postración, mirando con inquietud á su acompañante, al mismo tiempo que le hablaba en voz baja:
—¡Qué disparate!... ¡Pero esto no puede ser!... Debe usted decir la verdad.
De buena fe se mostró reacio á lo que ella solicitaba. Era ya demasiado tarde. No sabría cómo formular tal explicación. Temía además que esto complicase el hospedaje. A la pobre mujer le era imposible instalarlos por separado. Se vería obligada á dormir en las sillas con sus tres niños...
Además, ¿no podían estar los dos dentro de aquella habitación—como estaban ahora en la cocina—, sentados y dormitando, hasta que llegase el alba?... Una mala noche acaba por terminar, aunque parezca larguísima. No iban á quedarse solos como en un desierto. A corta distancia de ellos dormiría toda la familia. «En la guerra, como en la guerra.» Nadie conocería este error de la devota campesina, que podía prestarse á malignas interpretaciones. Ni su mismo chófer sabría nada.
Ella contestó con signos negativos casi imperceptibles, mirándole fijamente. No le daba miedo Claudio. Ya no era una niña para asustarse ante las audacias de los hombres. Sabía defenderse. Mas á pesar de esto, insistió en su protesta. Era que esta noche dudaba de ella, á causa de su cansancio y su desaliento. Le inspiraba desconfianza su sensualismo adormecido; pensó en las últimas semanas de vida casta y tranquila. ¿Quién puede adivinar las terribles sorpresas que llevamos dentro de nosotros, las bromas crueles que se permite la Naturaleza, tratándonos como un juguete?
—Yo le doy mi palabra...—insistió él en voz baja—. Se lo juro... Duerma en la cama como si estuviese sola. Yo permaneceré en una silla, en el suelo, no importa dónde. Piense que soy un caballero.
Y le temblaba la voz al hacer tales promesas.
Rosaura deseó salir cuanto antes de la cocina. Sus ojos lagrimeaban, heridos por el humo. Su tos era cada vez más violenta. Borja la estaba viendo seguramente con una fealdad que nunca había podido sospechar. Todo esto hizo que volviese su rostro hacia el dormitorio con una mirada que adivinó la dueña de la casa.