Se puso de pie para seguir á ésta, pero antes de alejarse todavía insistió en sus recomendaciones.

—¡Quédese aquí! Invente cualquier pretexto. ¡No me siga!

Permaneció Borja cinco minutos solo junto á la mesa. El abuelo había colocado sus pieles y sus mantas sobre el banco de la cocina, y se acostó, quitándose únicamente las alpargatas, lanzando suspiros que parecían de voluptuosidad.

—¡Mejor que un capitán general!—dijo á través de sus encías desdentadas.

La viuda iba de un lado á otro, como extrañando la permanencia del joven en aquel lugar.

—Señor, entre cuando quiera—dijo—. Su señora está en la cama, pero vestida. Dice que le da miedo acostarse como las otras noches, con esta tempestad. No lo extraño; á mí me pasa lo mismo.

Marchó Borja con timidez hacia la puerta. Luego la abrió resueltamente, volviendo á cerrarla tras él.

La dueña de la casa oyó durante unos instantes las exclamaciones de la señora y las palabras de su marido que parecía musitar excusas.

Al darse cuenta del derroche de luz que estaba haciendo, se apresuró á apagar los cuatro mecheros del velón. Sin duda, estos señores con aspecto de ricos iban á entregarle una buena recompensa al día siguiente, mas no por ello debía olvidar sus economías habituales.

No quedó más luz que la de los leños del naranjo, cada vez más débil. Empezaban los troncos á carbonizarse; se partían, esparciendo ceniza blanca al lanzar sus últimos fulgores.