Continuaban los truenos sobre el tejado, conmoviendo las paredes, haciendo trepidar las ventanas. Las rendijas de éstas aparecían instantáneamente pintadas de azul eléctrico por las exhalaciones. Sonaba quejumbrosa en la penumbra la voz de la viuda á continuación de cada relámpago: «Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita...»

Creyó oir que hablaban fuerte dentro de su dormitorio. Tal vez la habían llamado, y quedó indecisa, avanzando la cabeza. Le pareció escuchar un ruido de muebles, luego otro más sordo: sin duda un empujón en la pared.

Se imaginó estar viendo su pasado. Todas sus disputas con el difunto, por celos ó por simple nerviosidad, eran en la noche, después de acostar á los niños.

Avanzó con lentitud hacia la puerta, colocando el rostro junto á su cerradura para preguntar dulcemente:

—¿Quieren ustedes algo?...

Unos murmullos; después silencio absoluto. Volvió á instalarse cerca del hogar, en un sillón de brazos hecho de madera de algarrobo, con asiento de esparto trenzado: el mueble más lujoso de la cocina. Este nuevo asiento pareció facilitar la llegada del sueño que rondaba desde mucho antes en torno á ella.

Siguió barboteando á cada trueno su invocación salvadora: «Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita...» y acabó por dormirse, oyendo cada vez más lejos los ruidos de la tormenta, no prestando atención á otros más próximos que parecían venir de su antiguo dormitorio matrimonial.

Un profundo silencio la despertó repentinamente. La cocina estaba á obscuras. En el hogar sólo quedaban unos pequeños redondeles de luz, como si entre los tizones se mantuviesen ocultos varios gatos de ojos infernales. Miró en torno con extrañeza al no escuchar más que la respiración del abuelo, débil como la de un niño.

Abandonando su asiento, fué de puntillas hasta la puerta de su habitación. El matrimonio dormía. Luego se convenció de que no dormía. Llegaba hasta ella un leve murmullo de voces suaves y lejanísimas. Tal vez se hablaban al oído, dulcemente, como ella con su difunto esposo al finalizar los placenteros armisticios que seguían á sus disputas. Este recuerdo, ahora doloroso, extinguió su curiosidad y la hizo retirarse.

Fué á tientas hasta una de las ventanas, abriéndola de par en par. Entró por ella una luz láctea, cubriendo de blanco su cara y su busto, haciéndola semejante á una imagen de mármol.