Se había alejado la tormenta. Una luna redonda y clarísima circundada de estrellas parecía correr en el cielo por entre nubes obscuras como la tinta, con ribetes de plata. En realidad, eran las nubes las que se deslizaban en tropel, unas veces por debajo de ella, otras cubriéndola con momentáneo eclipse, del que parecía salir más luminosa.
Surgía del camino hondo un resplandor de aurora. El chófer, al notar el descenso del agua, había encendido los faros, empezando la recomposición de la avería. El choque metálico de sus herramientas era el único ruido de la noche.
Luego la mujer contempló su huerto. Brillaban los naranjos con un barniz lunar. Cada uno de ellos, sobre su redondo manto verde se había colocado otro de resplandor lácteo y escurridizo.
Saturaba el ambiente un perfume de jardín saqueado. El suelo estaba cubierto de flores que parecían pateadas por una tromba de jinetes nocturnos. La tormenta había arrancado los pétalos del azahar y la tierra empezaba á oler á ramillete de novia descompuesto, con el fuerte perfume de la putrefacción vegetal. Reflejaban los charcos, en su espejo tranquilo, las gotas inquietas de las estrellas.
De pronto, una ráfaga, último arrastre del lejano manto de la tempestad, hacía temblar las copas de este jardín irreal.
Los naranjos dejaban caer de su follaje, punteado de luz, una lluvia de piedras preciosas. Luego quedaban inmóviles y la luna volvía á vestirlos de plata.
De cada hoja colgaba un diamante.
FIN
«Fontana Rosa»
Mentón (Alpes Marítimos)
Agosto-Octubre 1925
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