Estela, la hija del dueño de la casa, joven de ademanes encogidos y voz tímida, sentía no haber sido la Ofelia de Shakespeare; su padre, el solemne don Arístides, dudaba entre Licurgo y el cardenal Jiménez de Cisneros; un viejo general optaba por Julio César.

Todos desearon conocer el personaje predilecto de la hermosa Rosaura Salcedo, viuda de Pineda, rica dama argentina, en cuyo honor daba Bustamante su banquete; pero esta señora, de paso en Madrid, que residía gran parte del año en París ó viajaba por el resto de Europa, se negó modestamente á revelar su heroína. No tenía ninguna. Estaba contenta de ser lo que era. Y casi todas las señoras presentes, exuberantes en deseos no cumplidos y envidias no satisfechas, rencorosas contra la mediocridad de su situación, la miraron fijamente, notándose en su sonrisa algo turbio y verdoso, semejante al color de la bilis. La aprobaban con amargura. «¡Qué más podía desear! ¡Qué no había recibido de la suerte!» Su riqueza resultaba enorme: una riqueza americana, de millones y millones. Además era libre, podía cumplir todos sus gustos, y su belleza se renovaba incesantemente, como una primavera sin término, gracias al lujo y á una higiene costosa.

Después de ella le llegó el turno á Claudio Borja, que el señor Bustamente consideraba como de su propia familia, por ser huérfano de un compañero de su juventud. Muchos creían á este joven sin ocupación determinada, pero poseedor de una apreciable fortuna, el futuro esposo de Estela Bustamante.

Claudio Borja, cual si desafiase con sus palabras á la respetable concurrencia, afirmó enérgicamente que lamentaba no haber sido el caballero Tannhäuser.

Algunos, para alardear de sus lecturas, se apresuraron á reconocer muy acertado tal deseo. Tannhäuser era un poeta errante, un caballero cantor, y Borja hacía versos.

—No—dijo el joven—; si lo envidio, es porque tuvo amores con Venus.

Un silencio de asombro y de incomprensión al mismo tiempo. Al fin acabaron por reir, reconociendo que Borja tenía «cosas raras», como todos los que escriben para el público.

—Es natural que no le haya olvidado—siguió diciendo la hermosa argentina, mientras avanzaban juntos hacia el salón del hotel—. Un hombre que da esa respuesta es alguien. Aquella noche no pudimos hablarnos. ¡El señor Bustamante acapara tan afectuosamente á sus invitados!... A los pocos días me marché de Madrid. Tal vez fué al día siguiente. No lo sé con certeza. Para mí el pasado cuenta muy poco; sólo pienso en el mañana. Pero le aseguro que muchas veces me he acordado de usted. Siempre que oigo música de Wágner surge en mi memoria la cara de un joven que vi una sola vez en mi vida, y me pregunto: «¿Qué habrá sido del Tannhäuser de Madrid? ¿Se habrá unido con Ofelia, cansado de esperar la llegada de Venus?»

Y la hermosa dama volvió á reir mirando á su acompañante. Sintióse molestado éste por la risueña é irónica amabilidad de la señora de Pineda; pero al mismo tiempo, la convicción de haber vivido en su memoria cerca de dos años, como un personaje familiar, cuando se creía totalmente olvidado, halagó su vanidad.

Cuando penetraron en el hall les envolvió una atmósfera vibrante de música y saturada de humo de tabaco rubio, con ligero perfume de opio. Sillones y divanes estaban ocupados por gentes de lengua inglesa: la oleada diaria de viajeros que pasa veinticuatro horas en Aviñón, ve el castillo de los Papas, la fontana de Vaucluse, cantada por Petrarca, y continúa su descenso por la Provenza, hacia la Costa Azul.