Se detuvo Rosaura ante dos cuadritos puestos en la entrada del salón, al nivel de la mirada de los transeuntes. Uno de ellos contenía una llave pequeña; el otro, una carta de papel amarillento y tinta rojiza. Borja, por ser más antiguo en el hotel, explicó á la viuda la historia de ambos objetos.

Este edificio era un palacio del siglo XVII. Las antiguas cocheras servían ahora de garages. La Revolución que anexionó á Francia, en 1792, la antigua ciudad de los Papas, lo había convertido en hospedería. Llevaba más de un siglo de existencia como hotel, y el patio de honor, donde frenaban ahora automóviles de todas las naciones de Europa, había resonado durante ochenta años con el cascabeleo y las ruedas chirriantes de diligencias y sillas de posta. La llave guardada en uno de los pequeños cuadros era la de una habitación, en el último piso, que había ocupado cierto capitán de artillería llamado Bonaparte, protegido por el omnipotente Robespierre.

—Debió ser antes del sitio de Tolón, cuando vagaba desorientado, sin saber cómo empezar su carrera. Tal vez imaginó aquí su único libro, La cena de Beaucaire, especie de novela política. Beaucaire está muy cerca.

La carta había sido escrita por el mariscal de la corte napoleónica al dueño del hotel. El emperador recordaba con frecuencia cierto guiso de codornices que había comido en su juventud, viviendo en Aviñón, y el gran personaje palatino pedía la receta para que la utilizase el cocinero de las Tullerías.

Rosaura miró la envejecida carta con el ceño fruncido y dijo gravemente:

—De seguro que á Napoleón no le gustó el plato en París. Nadie sabe guisar tan sabrosamente como la juventud y la pobreza.

Una pequeña orquesta acompañaba las conversaciones de los huéspedes, eternos viajeros acostumbrados á pasar la noche en el hall de un hotel, fuese cual fuese su latitud terráquea, sin sentir la curiosidad de salir á la calle. El día se ha hecho para ver museos y monumentos interesantes; la noche para comer, puestos de smoking ó traje escotado, y escuchar un poco de música, fumando, hojeando revistas ó conversando con personas conocidas en un hotel semejante, al otro lado del planeta.

La argentina y el joven español ocuparon dos sillones de cuero, bajos y profundos. Era el momento de explicar, cada uno, por qué estaba allí.

Ella había llegado á media tarde en su automóvil. No podía recordar cuántas noches llevaba pasadas en este hotel. Era un sitio inevitable de descanso en sus viajes de París á la Costa Azul, donde tenía una «villa» suntuosa, con frondosos jardines, junto al Mediterráneo.

—Todos me conocen aquí. Soy una clienta que llega varias veces por año. Duermo y parto al día siguiente, tan de prisa, tan distraída, que ni siquiera me había fijado en esos cuadritos que acaba usted de enseñarme... Ahora va á ser lo mismo. Me marcharé mañana, como todos estos ingleses ó norteamericanos, que duermen una noche en Aviñón y levantan su vuelo al día siguiente. Mañana por la tarde estaré en mi casa, viendo el mar á través de naranjos y palmeras. Y usted ¿qué hace aquí?...