Borja, que llevaba dos semanas en el hotel, dudó un poco antes de contestar, coloreándose ligeramente su rostro afilado, de morena palidez. Al fin balbuceó, como si temiese la repetición de aquella risa femenina, acariciante, musical, pero algo irónica:
—He venido de Madrid para hacer estudios... Preparo un libro. Me interesa desde hace años la historia de cierto compatriota mío... un Papa de Aviñón... don Pedro de Luna. Pero usted, señora, no debe sentir interés por estas cosas. ¡Son tan antiguas!
Ella le miró lo mismo que cuando examinaba la carta del mariscal de la corte napoleónica. Su voz volvió á sonar, reposada y grave:
—A mí me interesa todo lo que supone trabajo y voluntad; á mí me interesa toda persona que tiene un ideal y procura realizarlo.
Quedaron los dos en silencio. Por un azar, cesaron al mismo tiempo las diversas conversaciones, y en el ambiente de tabaco oloroso vibró, agrandada por el repentino silencio, la melodía lánguida de los dos violines, el violoncelo y el piano, entonando una romanza de amor.
Claudio creyó verse bajo una luz completamente nueva. Después de dos semanas de soledad, la presencia de esta mujer, en la que había pensado más de una vez, como si perteneciese á un mundo superior y misterioso, parecía proporcionarle un nuevo sentido para examinarse á sí mismo. Una especie de relámpago mental concentraba toda su existencia anterior, extendiéndola en su memoria con el zigzag instantáneo y deslumbrante de las exhalaciones eléctricas.
No era más que un visionario, predispuesto á adorar cosas absurdas siempre que fuesen interesantes. Se creía nacido sin voluntad, é indudablemente por esto deseaba escribir la historia de aquel don Pedro de Luna, la voluntad más tenaz de su época y tal vez de todos los tiempos. Vivía entre fantasmas, sintiendo muchas veces la añoranza de no ser niño para que le siguieran contando las historias maravillosas que embellecieron los primeros años de su existencia. No había conocido, como la mayor parte de los humanos, el ambiente seguro de la familia, la sonrisa protectora de los padres, semejante á la de las divinidades que defendieron á los primeros hombres.
De su padre sabía más por don Arístides Bustamante que por él mismo. Fué un ingeniero nacido en una pequeña ciudad del antiguo reino de Valencia, un levantino parco en palabras, que parecía compensar su falta de exuberancia verbal con una actividad tenaz y entusiástica para la implantación de inventos extranjeros en su país. Una parte de su vida la había pasado viajando por Europa y América. Importó industrias, creó un pequeño ferrocarril, y la aparición del automóvil le hizo olvidar sus antiguas empresas. En todas ellas buscaba el placer de la creación, el orgullo del triunfo, más que la ganancia monetaria. Sin embargo, á su muerte, el amigo Bustamante, notable abogado, consiguió desenmarañar sus negocios, vendiendo, transigiendo, permutando, hasta dejar saneada para el huérfano una fortuna de más de un millón de pesetas.
El ingeniero Borja, durante una de sus estadías en París, se sintió interesado por cierta señorita á la que había conocido años antes en Gibraltar, Estrella Toledo, descendiente de una antigua familia de judíos sefarditas que mostraba cierto interés por todo lo de España. Ocupado en negocios é invenciones, este hombre que sólo había tratado mujeres en casos de extrema necesidad y pasajeramente, se sintió enamorado á su modo de la señorita Toledo, tal vez porque hablaba su mismo idioma. Carecía de preocupaciones religiosas, y por otra parte, la joven, educada á la inglesa en Gibraltar y moldeada luego por la vida en París, tampoco daba importancia á las diferencias de dogma y de raza.
Borja se casó con Estrella Toledo después de consultar el asunto con un primo suyo por la línea materna, don Baltasar Figueras, con el que había jugado de pequeño, y que ocupaba actualmente un sitial de canónigo en el coro de la catedral de Valencia.